Adiós a mi hermano Kazán: Un compañero de vida

Alguien muy especial se ha ido. Mi perro Kazán ha muerto.

Le he acompañado hasta el final. Lo he cogido entre mis brazos y he estado ahí, plenamente presente y disponible para él hasta su último aliento. Y ahora, me toca estar presente y disponible para mí. La espera ha concluido.

Han sido catorce años juntos. Ya ni siquiera recuerdo lo que es levantarme por la mañana y no darle un paseo, no prepararle de comer. Kazán era bastante más especial de lo que parece, y ojalá algún día encuentre la entereza para compartir con vosotros por qué este perro me salvó de la miseria. Lo hizo con algo tan puro como un pequeño gesto, con la mirada compasiva de alguien que confía en ti y que, simplemente, no te suelta.

El refugio y la herida invisible 

Os escribo todo esto mientras regreso, poco a poco, de la sombra en la que estoy sumergido. Porque el duelo es exactamente eso: un proceso que va por ciclos. Te envuelve como una tormenta oscura, se retira dejándote exhausto, y te atraviesa con momentos para todo.

Nada más morir Kazán, mi instinto me llevó a refugiarme en casa de un amigo. Sentía que perdía el vínculo más importante que tenía de golpe; me sentí terriblemente solo, y me sigo sintiendo ahí.

Kazán consiguió de forma natural algo que a mí me resulta extraordinariamente difícil: crear un vínculo sano. Fue alguien que estuvo conmigo sin pedirme nada a cambio, sin que yo tuviera que demostrar nada, solo ser yo mismo.

Ahora la vida me obliga a salir de mi zona de confort. Me toca abrirme y mostrar mi vulnerabilidad al mundo para buscar conexiones humanas más allá de la seguridad absoluta que me daba mi perro. Para mí, dar este paso es un salto inmenso. Vengo de una infancia muy difícil, con una madre que me dejó una profunda herida emocional en la forma de relacionarme. Esa herida antigua, llena de desconfianza y confusión, es una carga pesada que me hace sentir un miedo atroz a vincularme con los demás. Me lleva a protegerme del dolor aislándome, desconfiando profundamente o, por el contrario, buscando afecto de manera desesperada. Supongo que ese es un buen resumen de mi vida amorosa y relacional. 

De ahogarse en el dolor a aprender a observarlo

Pero ahí estoy, aprendiendo. Los que me seguís sabéis que trabajo mucho con el Eneagrama. Para quienes no lo conozcáis, es un mapa psicológico de la personalidad humana que nos explica cómo nos defendemos del mundo y cuáles son nuestras heridas más profundas. Dentro de este mapa y dentro del cuarto camino, ahora mismo siento que estoy dando lo que llamamos "el paso del 4 al 5".

Para que se entienda bien: el estado "4" representa ese momento en el que estamos completamente atrapados en nuestro propio sufrimiento. Es cuando nos identificamos tanto con nuestra herida que creemos que somos la herida. En ese estado, nos enganchamos a la melancolía, al dolor de la pérdida, a la sensación de que nos han abandonado. Es ahogarse voluntariamente en la tristeza y hacer un drama de nuestra identidad.

Pasar al "5" es lograr dar un paso atrás. Es la capacidad mental y emocional de salir de esa tormenta de sufrimiento, sentarte en la orilla y, simplemente, observar tu propio dolor con claridad, distancia y calma. Es dejar de ser la herida que sangra para convertirte en el cirujano que la observa para poder curarla.

Este movimiento es clave. Significa pasar de depender de la «familia de la carne» (nuestros traumas infantiles, nuestros lazos de sangre y sus dolores) a elegir la «familia del espíritu» (vínculos más libres, conscientes y maduros). De eso va, en el fondo, todo nuestro crecimiento en la vida.

Si nos atrevemos a mirarlo de frente, casi todos nuestros problemas son problemas de relaciones. Las fricciones que tenemos con los demás. Todos arrastramos, en mayor o menor medida, alguna herida emocional. Y esa herida no solo es miedo a que nos hagan daño, es el terror absoluto a la pérdida. A que nos abandonen.

El amor no es eterno en su forma física. Tarde o temprano, todos deberemos enfrentarnos a la pérdida, a la separación. Esa es la historia a la que todos tememos. La vida entera está llena de despedidas, de aprender a dejar marchar, hasta que llegue el día en que nos toque marcharnos a nosotros mismos.

Esa es la regla del juego: cultivar un amor sabiendo que un día se romperá y tendremos que llorarlo. Es la gran metáfora de la existencia: cuanto más amas, más te duele cuando se va.

Ante esta realidad tan abrumadora, muchos elegimos la anestesia. Elegimos "no amar" para no enfrentarnos al dolor de la pérdida. Cerramos nuestro cuerpo y nuestro corazón, y nos convencemos de que es lo más inteligente para no sufrir. Y para no sentir el vacío de no tener conexiones reales, nos distraemos con sucedáneos: juego, sexo vacío, comida, compras compulsivas, dinero... Adornamos nuestra vida por fuera, como si estuviéramos, literalmente, vistiendo de gala a un cadáver.

Renacer de las cenizas

Sin embargo, llorar cuando hay que llorar, atravesar el duelo de verdad, es lo único que nos permite renacer. En esta antigua filosofía de autoconocimiento que sigo, llamada el Cuarto Camino, a este proceso de no huir y dejar que el dolor te transforme se le llama Despertar.

El dolor es directamente proporcional al amor. Si te niegas a sentir dolor, te estás arrancando la capacidad de amar. Despertar y volver a la vida es lo que simboliza el Ave Fénix: solo se puede renacer de las cenizas. Sin dejar que el dolor lo queme todo, no hay fuego nuevo, no hay vida nueva.

Nuestras decepciones, las enfermedades, las privaciones, los sueños rotos... todo eso es el fuego que convierte nuestra tristeza en energía pura. Una fuerza vital que no viene del nerviosismo o del café, sino del deseo genuino de caminar la vida, de exprimirla, de vivirla de verdad y de sanar.

Dejar de regodearnos en la herida para poder observarla y soltarla. Ese es nuestro verdadero cometido en este camino que compartimos.

Estoy orgulloso de avanzar con vosotros. Aquí sigo, dispuesto a continuar acompañándoos, llevando ahora conmigo mis duelos y mis amores a flor de piel. Y con ellos, y a través de ellos, alzándome un poco más sabio, un poco más íntegro y más compasivo.

Un abrazo, queridos amigos. Seguimos caminando.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...

Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...

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