Ayer fue mi cumpleaños

Los cumpleaños no tienen ningún interés.
Un día más.
Una nueva circulación alrededor del sol.
Yo qué sé.

No importa.
Igual que no importa la Navidad.
No importa el invierno.
No importan los años que tienes ni la ropa que vistes.
No importa si tienes suerte o no, si la vida te es propicia.
No importa el azar.
No importan las inclemencias del tiempo.
No importa cuán noble seas en el amor o en la guerra.
No importa cuánta reputación tengas ni cuántos elogios atesores.

No importa que en tu cumpleaños el calendario gregoriano haya colocado fechas, días y meses.
No importa que tengamos un martes dedicado a Marte y un viernes a Venus.

Son fechas, números y superposiciones más o menos controladas.
Aleatorias, simbólicamente relevantes quizá, pero a fin de cuentas eso: símbolos.
Porque el tiempo… el tiempo es el tiempo.

En el universo hay una ley —una sola— igual para todos:
para todas las galaxias,
para todos los mundos,
para todos los seres.

El tiempo es inmutable.
Y sí, así de devastador:
el tiempo solo va hacia adelante.

Es imposible llevar el tiempo atrás.
Retroceder.
Volver a empezar.
La piedra lanzada no puede volver a la mano.

El tiempo es siempre línea, nos guste o no.
Dependiendo de los estados gravitatorios, el tiempo es más o menos rápido, pero siempre avanza.
Así pues, todo lo que empieza, tarde o temprano, termina.
Esa es la ley del universo.

El universo nació y se expandió y, con el tiempo, se encogerá, se retraerá y terminará.

El tiempo es lineal, igual que nuestra vida.
No importa si celebramos los ciclos a través del sol.
Es algo peculiar decir: el 2 de febrero cumplo 49 años.
¿Eso qué es?
Nada.
Un calendario más.
Una forma más de medir el tiempo.

Y, sin embargo, hay momentos en mi vida en los que el tiempo se vuelve largo, interminable,
y otros en los que pasa rápido como una exhalación.

Envejecemos no tanto por el tiempo, sino por la relatividad del tiempo.
Hay personas consumidas a los 50 y otras llenas de brío a esa edad.
Personas abatidas a los 30 y exultantes a los 60.

El cuerpo acompaña —o no— no por el paso del tiempo, sino por la dedicación y el cuidado que hemos puesto en preservar, alimentar y sanar ese paso.

El tiempo pasa.
Y a veces, ese tiempo se pierde.

Lo agotamos en tareas castrantes,
en actitudes bloqueantes,
en pensamientos asfixiantes.

Ahí el tiempo va más rápido o más lento.
Ahí se alarga o se corta.
Ahí nuestra vida se expande o se comprime.

No importan los astros ni las estrellas.
No importa lo que esté escrito en ellas.
Es subjetivo, metafórico y, por lo tanto, solo una posibilidad entre muchas.

En mi infancia había una película que me encantaba: Ben-Hur, con Charlton Heston y Stephen Boyd.
Al final, agonizando Mesala, Judá Ben-Hur le dice:

“Nada está escrito.”

No importa de dónde vienes.
No importa cuántas veces hayas caído.
No importa lo que digan de ti.
No importa lo que pienses de ti.
No importan los introyectos que heredaste de tus padres.
No importa tu pasado.
No importa tu futuro.

Nada.
Absolutamente nada está escrito.

Nada es predecible.
Nada del tiempo puede ser controlado.
La relatividad no es una teoría: es un hecho.
Todo —absolutamente todo— es relativo y susceptible de cambiar constantemente.

Como en el llamado efecto mariposa:
el aleteo de una mariposa en Japón puede provocar un huracán en Hawái.

Nada puede ser controlado y, sin embargo, ahora, hoy, puedes hacer algo nuevo que cambie todo tu tiempo.

Te voy a contar un secreto.

A los 24 años estaba destruido.
Deseaba la muerte.
Estaba solo, enfurecido y desolado.
Vivía experiencias que para mí eran insoportables.
Quería quitarme la vida o quitársela a alguien.
Lo que fuera.
Quería destruirme o destruir algo.

Tal era mi vejez interna.
El tiempo había agotado mi tiempo emocional.

Fui a terapia.
Relaté mi infancia.
El terapeuta me miró y dijo:
“Este tipo de biografías solo las he encontrado en pacientes que están muertos o en la cárcel”.

No era ninguna de las dos cosas.
Estaba vivo.
Y rabioso.

Algo estaba haciendo bien en mi presente.

Entendí que sanarme era un proyecto de vida o muerte.
Algo vital.
Y mi búsqueda de salud la convertí en mi profesión.

Sí, debería estar muerto o en la cárcel.
Pero, como decía Judá:
nada está escrito.

En cada instante alteramos el orden de los acontecimientos con nuestras alas de mariposa.
En cada instante reescribimos los instantes que están por llegar.

No importa el pasado.
No importa el tiempo.
No importa qué fecha sea hoy.

Importa este instante.
Porque es lo único real que tenemos.
Este instante que escribe el siguiente.
Y el siguiente.

No importa lo que hiciste.
No importa lo que traigas en el bolsillo.
Importa lo que haces ahora.
Lo que sientes ahora.
Lo que piensas ahora.

Nada más.

No importa que hoy tenga 49 años.
No importa que siga aquí, sin estar muerto ni en la cárcel.
No importa la circulación alrededor del sol.

Importa este instante.

El tiempo se acorta o se alarga en función de la presencia que pongas en tu vida.
El AHORA absoluto.

No hay nada —absolutamente nada— más que este momento presente.

Olvida de dónde vienes.
Olvida la idea de trayectoria.
Este instante cambia tu futuro constantemente.

Vivir en el pasado es no vivir.
Vivir en el futuro es no vivir.
Solo existe lo que haces, sientes y piensas ahora.

Sea o no hoy mi cumpleaños, es el mismo instante para todos.
Mis alas siguen agitándose.
Las tuyas también.

Con la misma capacidad de escribir lo que no está escrito.

Te cuento otro secreto —hoy va de secretos—.

Hace algunos años, unos directores vinieron a verme para hacer una biografía de mi infancia, sobre todo de la relación con mi familia, para una serie: La Mesías.

Viendo lo visto, muchos pensaron: “Esto no hay quien lo resuelva”.
Incluso los propios directores.

Me dijeron:
“Eres demasiado fuerte, Gerard.
Vas de negro.
Te enfrentas a la vida.
Te gestionas bien.
Eso no genera empatía.
Necesitas estar devastado por tu pasado para que la audiencia se compadezca”.

Me dolió.
Pero lo entendí.

Soy raro.
No pido permiso.
Y agradezco cada mañana los dones de mi vida.

El pasado lo escucho, pero no le doy poder para gobernar mi presente.
Sí, fue.
Sí.
Pero ahora…
nada está escrito.

Y eso da miedo.

Porque asumir que lo que soy determina lo que ocurre nos obliga a asumir la responsabilidad.

No digo que puedas prever si mañana un coche se cruzará en tu camino.
Pero sí puedes vivir ese instante con presencia.
Y quizá esa presencia cambie que ese impacto te arrastre —emocional, física o mentalmente—.

Da vértigo.
Sí.

Quizá por eso seguimos siendo niños emocionales, atrapados en lo viejo o en lo nuevo.
Cuando en realidad, ahora mismo, solo necesito mi taza de té,
el teclado con el que escribo
y las sardanas sonando en el móvil.

Después de escribir… ya veré.

Y termino con esa alegoría que Walt Disney se sacó de la manga en Alicia en el país de las maravillas —y que no aparece en el libro de Lewis Carroll—:

¡Feliz no cumpleaños!

Tengamos todos un instante consciente.
Presente.
Auténtico.

Sea o no tu vuelta al sol,
sea o no un día señalado,
es tu instante,
es tu momento,
es tu gran momento.

Es tu tiempo.
AHORA.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...

Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...

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