Cuando el afecto dejó de ser inocente

Estaba este fin de semana en el jardín de un buen amigo de Murcia, podando y triturando buganvilla, charlando e insultándonos sanamente desde esa perspectiva amigable en la que echarse pullas es un síntoma de concordia, amistad y capacidad empática.

En ese estado, sudando, enfundados en unos monos de trabajo estupendos y degollando las largas varas pinchosas de esa planta tan bonita como infernal, me veía agradablemente acogido, cálidamente arropado por insultos, improperios y alguna que otra colleja que rezumaba verdad.

En ese lugar las verdades se lanzaban al toque de sarcasmos, improperios y muestras de camaradería punzante. No sólo compartíamos sudor, sino un propósito común: hacer que esa ingente cantidad de hojas, ramas y pinchos sucumbiera a nuestra implacable tenacidad y al devastador empuje de nuestras herramientas.

Al terminar la jornada, que empezaba al salir el sol y terminaba al ocaso, nos quedamos observando la conquista: un vallado limpio, ordenado y saneado. Ahí cruzamos unas miradas cómplices y nos abrazamos ante el cansancio de la victoria, rezumando transpiración y satisfacción.

Hay abrazos de muchos tipos, quizá infinitos: abrazos consentidos, compungidos, abrazos victimistas, soslayantes, pueriles, lánguidos, admirativos, abrazos inefables e inconmensurables; o abrazos fríos, teatrales, incluso fingidos y contradictorios.

Sea como sea, el abrazo es una constante muestra de algo: un cuerpo que se acerca y propone un encuentro físico donde hay un trasvase energético variopinto.

Hay abrazos que duelen y abrazos que reaniman a los muertos. Hay abrazos reales y abrazos terribles. El abrazo a veces es una moda, algo que se toma a rachas; a veces se olvida al cabo de poco tiempo. Hay abrazos que se quedan para siempre y abrazos que nos apresuramos a borrar.

Abrazos que damos sin dar. Abrazos que recibimos sin recibir. Abrazos que desearíamos que se dieran y abrazos que nos cansan.

Sea como sea, el abrazo es el contacto más profundo con otro ser humano más allá del contacto sexual. Quizá por ello a veces tememos que un abrazo resbale hacia lo sexual. Por eso los abrazos adquieren esa cualidad casi eclesiástica: nos tocamos tratando de no sentir nada, no vaya a ser que sintamos algo.

Quizá en ese lugar podemos entender mejor lo que he hablado otras veces sobre la sexualidad y el afecto.

En la infancia el afecto y la energía sexual eran uno. Sentir al otro era un gusto corporal, ser abrazados era un síntoma de seguridad, nutrición y placer. Era un bello acto de acercamiento, de deseo de cercanía; nos sentíamos estimados.

Cuando entramos en la prepubertad despiertan los órganos sexuales. El contacto ya no sólo tiene que ver con el afecto y el placer, sino también con la validación, la posición social y el estatus en el que creemos movernos. Se despierta la sexualidad no necesariamente como algo placentero, sino como algo que nos abre las puertas a la adultez, que nos habla de pertenecer a una tribu por méritos propios, como si de un clan se tratara.

Hasta que el sexo deja de ser un regocijo del cuerpo con otro ser humano y se convierte en un valor que nos define a través del otro y ante los demás.

Así hemos separado la afectuosidad del contacto, y el contacto se ha convertido en territorio exclusivo del sexo. Hasta el punto de que, muchas veces, usamos el sexo como único recurso para ser tocados.

La necesidad de afecto es tan básica que creemos erróneamente que lo que necesitamos es sexo.

La necesidad de ser tocados es vital y por ello, muchas veces, nos definimos por las personas con las que contactamos sexualmente, haciéndolas necesarias, casi imprescindibles para nuestro sustento emocional.

Quizá si recuperáramos la capacidad de dar y recibir afecto de forma visible y completa, sin prejuicios sociales asociados a ello, podríamos saborear los enormes beneficios de rodear a alguien con nuestros brazos, aproximar nuestro cuerpo, ofrecer nuestro calor afectuoso, estar ahí hasta que el otro comparta sus miedos y tristezas y el peso de tales emociones se comparta, el cuerpo se afloje, el corazón se abra y el alma se alivie.

A veces la salud emocional está a un abrazo de distancia. A un abrazo bueno, largo y sincero. Un abrazo sin pedir ni exigir. Un abrazo genuino de alguien que sabe que el afecto es necesario para sobrevivir. Que necesitamos ser tocados para sentirnos. Que necesitamos encontrarnos con la piel del otro para sentir nuestra propia piel. Que necesitamos el calor corporal de alguien para templar el corazón, sin que por ello sintamos que ese es territorio del encuentro sexual, sino el lugar donde dos personas se encuentran afectuosamente.

Desde ahí pueden existir muchos tipos de encuentros: abrazos vigorosos, abrazos lentos y pausados, abrazos vibrantes, energetizantes, abrazos desintoxicantes, abrazos que hablan de vidas que pesan en el corazón, abrazos llenos de furia y resentimiento, abrazos agonizantes, ansiosos o tensos, abrazos que se transforman con el contacto, abrazos que empiezan secos y terminan abriendo algo profundo, abrazos que empiezan tímidos y terminan generando estremecimiento, abrazos caballerescos que acaban siendo sentidos, amplios y vivificantes.

¿Qué abrazo necesitas tú ahora?

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...

Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...

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