Cuando el sexo deja de ser placer y se convierte en examen

A veces sentimos que el sexo es un problema. No un problema pequeño, sino un gran problema.
Ya no es sólo una cuestión física, sino también social. Utilizamos el sexo como una validación personal a través del otro y, así, aquello que podría ser un espacio de intimidad y disfrute se convierte en el territorio de la importancia personal.

En el sexo hay mucho más que un intercambio de fluidos, roces, gruñidos y gemidos. Es también una constatación emocional y mental sobre nuestra capacidad corporal, sobre nuestro valor, sobre si “somos suficientes”.

Y eso nos lleva a una pregunta crucial:
¿Puede el cuerpo hacerse cargo de nuestras exigencias de validación?

La respuesta es no.
Pero lo intenta. Y ahí empiezan los problemas: disfunciones eréctiles, anorgasmia, falta de deseo, desconexión, dificultad para entregarse. Hay una exigencia intrínseca en el encuentro sexual, una necesidad de control, una carga emocional extra que interrumpe el fluir natural del placer.

¿Control de qué?
Esa es la gran cuestión.

Diríamos que es la ilusión del control, la fantasía que se alimenta del miedo: miedo a no poder, miedo a no encajar, miedo a no ser suficiente… en definitiva, miedo a lo desconocido.

Y el territorio sexual es profundamente desconocido.
De hecho, si somos honestos, todo lo que sucede después de este instante es impredecible. Cada acción que precede al momento presente escapa a nuestro control.

Precisamente eso es lo que hace al encuentro sexual fascinante: es un territorio inhóspito, lleno de posibilidades. Un paisaje que puede ser profundamente placentero si nos involucramos como niños, si nos permitimos jugar con la incertidumbre. Esa pulsión lúdica, esa disponibilidad al descubrimiento, es la que guía los instantes siguientes.

Como decía Ronald Fuchs: “Detrás de la intención va la energía”.
Podríamos añadir que la intención es, en parte, la fuerza co-creadora del presente. No suceden las cosas como son, sino como somos.

Así, la realidad que sostienes es también un baremo de lo que eres.
El mundo no es “la realidad”. Es tu realidad.

Para Jacques Lacan, no caminamos por el mundo físico desnudo. Vivimos en una construcción tejida por tres registros:

  • Lo Imaginario: tus percepciones, tus identificaciones, cómo te ves a ti mismo.

  • Lo Simbólico: el lenguaje, las normas, tu historia, tu nombre.

  • Lo Real: aquello que no puede nombrarse ni imaginarse; lo caótico, lo que irrumpe.

La sexualidad atraviesa estos tres registros. Tiene sabores y sinsabores. Puedes intentar cambiar tu experiencia modificando tu forma de imaginar el mundo, pero ese territorio no depende sólo de tu voluntad consciente. Es, en gran parte, dominio del inconsciente. Y el inconsciente habla a través del cuerpo.

Por eso, cuando queremos transformar nuestra relación con la sexualidad, el primer paso no es forzar el cuerpo, sino escucharlo. Entender que el cuerpo tiene razones. Y buscar cuáles son, en lugar de intentar doblegarlas con afirmaciones, control o autoexigencia.

El sexo tiene que ver con la verdad. Con tu verdad.
Y cuanto más intentas manipular lo que emerge, más lejos estás de reconciliarte con tus impulsos.

Nuestro cuerpo nos gobierna tanto como lo hace el inconsciente. Hay innumerables procesos que no pasan por el cerebro racional.

Tal como describió Paul MacLean, tenemos un cerebro triuno:

  • Neocórtex (racional): la parte más reciente, la que analiza y reflexiona.

  • Sistema límbico (emocional): compartido con otros mamíferos, donde habitan las emociones.

  • Cerebro reptiliano (instintivo): la parte más antigua, vinculada a la supervivencia y el impulso.

El sexo comienza en lo instintivo, asciende a lo emocional y finalmente llega a lo racional.
Como en la metáfora de los chakras, el movimiento es de abajo hacia arriba. Si no comprendemos nuestros impulsos primarios, los juzgamos. Y al juzgarlos, los bloqueamos. Y al bloquearlos, bloqueamos también el placer, la ternura, la conexión.

Entender no significa permitir sin límites. Significa asumir, conocer nuestro animal interior, aprender a educarlo o apaciguarlo cuando sea necesario, pero nunca castrarlo.

No es una tarea sencilla. Muchas veces requiere acompañamiento profesional, porque tendemos a mirarnos desde la imagen idealizada de lo que “deberíamos” ser. Desde ahí, desde esa importancia personal inflada, es difícil que nuestro animal interno —el que juega, disfruta y vive con espontaneidad— se sienta seguro para mostrarse.

Y aquí viene algo que puede resultar incómodo y a la vez liberador:

Esa parte animal, primitiva, indómita… es también nuestra parte auténticamente espiritual.

No llegamos a lo absoluto negando el cuerpo.
Llegamos a lo absoluto atravesándolo.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...

Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...

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