El desierto no está muerto: sólo te está esperando.
Después de nuestro viaje, donde hemos fecundado la arena con los movimientos sagrados de Gurdjieff; donde hemos pasado frío y desolación; donde hemos compartido nuestros pesares, nuestras dudas y nuestra necesidad de conocernos; ahí, en medio de la nada, donde sólo había arena, sol y viento helado; ahí donde el contraste entre la noche y el día era apabullante; donde alternábamos el conocimiento del territorio externo —los mercaderes, los colores, la dureza del paisaje— con el reconocimiento del territorio interno —emociones exaltadas, miedos antiguos y, a la vez, una quietud profunda—…
En ese lugar simbólico donde la Gestalt habla del “vacío fértil”, donde lo que hay es lo que eres, y donde hacerse responsable del territorio interno significa habitarlo, sentirlo y ordenarlo; ahí donde compartimos intimidades y cerramos el año con un respeto amable hacia nosotros mismos; ahí donde confrontamos cuerpo, emoción y mente para vernos con claridad; ahí donde verse es más importante que agradarse; ahí donde lo que hay es lo que toca sostener —y sostenerlo, lejos de ser un castigo, es una llamada que tranquiliza— porque me lleva a un lugar de armonía conmigo mismo. Porque sé, porque tomo conciencia, porque me veo y me acepto con presencia y responsabilidad.
Ese es el trabajo del Eneagrama: no etiquetarse de manera compulsiva como si fuera una carta de presentación. “¿Qué eneatipo eres?” parece ir hoy después del nombre, como si el eneatipo definiera nuestra calidad moral. Pero si observas el símbolo del Eneagrama, todos los puntos están a la misma distancia del centro. En el Cuarto Camino ponemos en el centro un punto solar: la esencia. Como si cada eneatipo fuese una máscara que oculta esa parte luminosa, esencial.
Y el trabajo no es reforzar la identificación, sino ver las mecanicidades: comprender que el ego es un aprendizaje de la infancia, de los padres, del entorno. Detrás de esa estructura defensiva hay un sol, una esencia divina. A veces relegada, a veces olvidada, a veces despreciada.
Y ese quizás es también el significado profundo de muchas tradiciones navideñas vinculadas a festividades romanas como Saturnalia y otras fuentes paganas que celebraban el retorno del sol:
1. Sol Invictus (Roma)
A finales del siglo III, Aureliano fijó el 25 de diciembre como el Natalis Solis Invicti, el renacer del Sol. Tras el solsticio, la luz empieza a ganar terreno. La Iglesia heredó la fecha sustituyendo al Sol por Cristo, “la luz del mundo”.
2. El culto a Mitra (Persia y Roma)
Mitra, dios solar, nacido de la roca el 25 de diciembre. Sus iniciados celebraban banquetes, salvación y renacimiento. Ecos de nuestras cenas y nuestras promesas de “nuevo comienzo”.
3. Yule (tradiciones germánicas y nórdicas)
De aquí vienen casi todos los símbolos visuales modernos:
El árbol perenne: vida que no muere.
El tronco que arde doce días: calor, suerte, renacer.
El muérdago y el acebo: protección en la noche más larga.
4. Janucá (tradición judía)
La “Fiesta de las Luces”: encender lámparas en la oscuridad para recordar un milagro. Igual que nosotros: luz en medio de la noche larga.
Así que sí: más allá del bebercio y el comercio, estas fechas hablan de algo más importante.
Volver al sol.
Redescubrir nuestra naturaleza divina.
Conectar con la chispa interior.
¿Recuerdas la carta del Sol de Rider-Waite?
Ese niño que cabalga el instinto sin castrarlo: lo doma con conciencia solar.
Y termino con el Zorro del Principito.
Cuando el niño le pide jugar porque está triste, el zorro responde que no puede: no está domesticado. Ante la duda, explica:
“Es una cosa olvidada —dijo el zorro—. Significa crear vínculos.”
Y despliega su visión:
Necesidad mutua: sin vínculo no somos nada el uno para el otro.
Color de la vida: si te vinculo, el trigo dorado me hablará de ti.
Paciencia y rito: sentarse, acercarse, esperar… porque la palabra, a veces, confunde.
Y entonces llega la frase que lo resume todo:
“Solo se conoce lo que se domestica.”
Quizá estas fiestas son eso:
una invitación a crear vínculo.
A domesticarnos.
No hacia los demás, sino hacia nosotros mismos.
Porque dentro de nuestro desierto hay un sol esperando a salir.
Siempre.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
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