Ya se ha terminado todo:
las Navidades, las fiestas, el fin de año, los Reyes…
¿y ahora qué?
¿Qué nos queda después de esos momentos de euforia y liberación sensorial?
¿Qué queda después de tanto turrón y tantas luces?
A veces queda mucho.
Quedan las buenas compañías, los amores recordados, las alegrías y los abrazos sinceros.
Quedan también experiencias extraordinarias que nos renuevan por dentro, como ir al desierto, como hice yo.
Este año no quise hacer las fiestas como siempre: pasarse, cansarse y terminar comulgando con reuniones y compañías que agotan.
Preferí llevar a un grupo al desierto del Sáhara y, entre todos, buscarle sentido a la vida.
Buscarnos un poco más allá.
Ser más conscientes.
Y desde ahí nos reunimos personas muy interesantes.
Por la noche constelábamos las relaciones, los hijos, la vida.
Constelaciones en los restaurantes, en medio de las dunas, en el autobús…
Cualquier momento era bueno para soltar las piedras que nos atan al fondo.
En todo ese proceso me di cuenta de algo esencial:
de la enorme falta que nos hace tener lugares donde compartir más allá de lo cotidiano.
Espacios donde estar con personas que vibran en un nivel sutil, alto y profundo.
Es un placer compartir el dolor y liberarlo.
Al principio pellizca el alma, sí.
Pero después llega el descanso, la liberación, el orden interno.
A veces necesitamos esos lugares donde el trabajo personal no sea solo individual, sino grupal.
Donde podamos abrir heridas y después reírnos de ellas.
Compartir nuestras mierdas internas es una gran liberación.
Es ese momento en el que la vergüenza sale a flote, contamos secretos, mostramos lo que duele, aquello que normalmente solo nos decimos a nosotros mismos.
Y lo abrimos a un público selecto que puede entendernos porque está en el mismo lugar.
Ahí aparece la verdadera hermandad:
personas que no se conocen de nada y terminan compartiendo una intimidad que pocas veces se da con quienes conocemos desde hace años.
Un lugar donde da menos miedo sacar las tripas fuera porque no hay postureo, solo apoyo.
Es profundamente liberador utilizarse mutuamente —con respeto y conciencia— para sostenernos y sanar.
Entonces te das cuenta de que todos estamos en lo mismo.
De que uno solo puede poco consigo mismo.
De que a través de las vivencias de los demás vemos partes de nosotros que estaban ocultas.
Y, sobre todo, de que no somos tan raros.
Nuestros problemas también son los de otros.
Aquello que creemos tabú no es más que algo que muchos escondemos y que, al verlo y compartirlo, se libera.
Así que desde aquí te lo digo:
no somos seres aislados.
Somos seres sociales, mamíferos, y necesitamos al otro para organizarnos por dentro.
Nuestros procesos personales no son solo nuestros: son procesos comunes.
Hacerlos partícipes a otros nos vincula, nos integra y nos recuerda que lo que escondemos no es tan distinto de lo que esconden los demás.
Y cuando eso se comparte en el lugar adecuado, aparece algo muy valioso:
liberación, integración…
y una profunda comprensión.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
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