El año nuevo no te va a salvar

A veces, simplemente, debemos aceptarnos.
¡Cuántas cosas que deberíamos haber hecho este año!
¡Cuántos propósitos incumplidos!

Y, sin embargo, al terminar el año volveremos a hacer la misma tontería: ponernos metas que no podremos cumplir, fantasear, ilusionarnos… y luego tapar la decepción de no haber cumplido las promesas con más promesas que tampoco vamos a cumplir.

¿Todos los años así?
¿Ese es el modo en que nos gestionamos en la vida?
¿Tapamos las decepciones con nuevas fantasías?
¿Con esperanza?

Creo que ahí está el problema: en la ESPERANZA.

—¿Qué tiene de malo la esperanza, Gerard?

Pues que la esperanza nos mantiene incapaces de mirar la realidad, de hacernos cargo de ella y de aceptar que somos humanos, orgánicos, falibles y metabólicos.

La esperanza nos hace creer que hay un lugar —no sé dónde— en el que los sueños se cumplen, las promesas se realizan y todos los planes funcionan. Y creer que eso es posible, imaginar un mundo donde me vaya bien, es exactamente lo que hace que no estemos bien en este.

Nos asaltan en redes sociales con un sinfín de promesas y tips compulsivos donde, como buenos charlatanes y embaucadores, nos dicen que somos, que podemos, que debemos ser lo que deseamos ser… y que, sin eso, no somos, no podemos ni debemos ser.

¡Como si el bienestar tuviera que ver con ser lo que queremos ser!

Esa idea —porque no es más que una idea— nos mantiene fuera del presente, sin hacernos cargo de nuestras cargas, huyendo de la realidad como si la falibilidad fuera un error de sistema.
“Me han dicho que hay un lugar para mí en la gran arca de tú mereces tener y ser lo que deseas”.

Hazte cargo de ti.
Deja de exigirte.
Deja de ponerte metas inalcanzables.

Vive el momento. CARPE DIEM.
Vive ahora.
Deja de postergar el gozo de la vida hasta que te sientas merecedor de gozarlo.

LAS COSAS MÁS IMPORTANTES DE LA VIDA NO SON COSAS.

Son sensaciones, emociones y actitudes que nada tienen que ver con tener ni con ser “algo que valga la pena”.

La felicidad no es algo alcanzable. Es un estado pasajero y efímero, fruto de actitudes de aceptación y conciencia de la propia —y falible— humanidad.

Nos atrapamos en sueños ilusorios para no vivir el presente, para no aceptar la realidad. Yanquilandia vive entre nosotros: donde lo importante no es lo que eres, sino lo que puedes llegar a ser.
Y por ello: gasta, lucha, cambia, sé ambicioso… incluso en el camino espiritual.
¡Qué agonía!

Recuerdo a un amigo mío, maestro de tantra. Crecimos juntos facilitando talleres de sexualidad sagrada, pero nuestros objetivos eran muy distintos. Él quería iluminarse. Luchaba y practicaba para que eso fuera posible. Y como su objetivo era la iluminación, siempre estaba “a punto de estar satisfecho”, pero nunca lo estaba.

Meditaba, practicaba y estudiaba hasta que un día me dijo:
—Gerard, eres demasiado humano. Estás atrapado en el samsara y yo quiero el nirvana. Y no pararé hasta conseguirlo.

Mientras él se quedaba practicando asanas y exigiéndose más eficiencia, yo me iba a caminar por las calles de Benarés, entraba en los templos, tomaba chai con los mercaderes y veía la puesta de sol sentado a la orilla del Ganges. Cuando volvía, mi cara reflejaba una tarde vivida: emociones encontradas, sensaciones palpadas, cotidianidad habitada.
Él seguía en medio loto, frustrado, buscando despertar la chispa de Parvati.

Un día me dijo:
—Tenemos que dejar de ser amigos. Eres un escollo para mi propósito. No tienes metas elevadas. Yo quiero vibrar alto y rodearme de facilitadores que vibren a mi altura.

Me entristeció. Perdí un amigo.
Pero no dejé mis atardeceres en el río ni mis cafés.
Yo no tenía la ambición de iluminarme. Me bastaba pasear por los templos, visitar espacios sagrados y comer algún dulce tradicional.

Es suficiente para mí.

Desde entonces tomamos caminos distintos. Él sigue buscando la iluminación. Supongo que cada final de año revisa sus propósitos y renueva sus votos para seguir esperanzado.
Yo sigo esperando que me llame para tomar un café.

Cada loco con su tema.

No tengas metas muy elevadas. Ten metas alcanzables, que no requieran el 100% de ti. Eso es una estupidez.
Si das el 100% al trabajo, no queda nada para la familia, el juego, el gozo, el error, los hijos, el amor.
Si das el 100% a una relación, no queda nada para el trabajo, los amigos, la vida.

Cultivemos la mediocridad.
Me encanta ser mediocre en todo, porque significa estar en la justa medida. Me esfuerzo un poco en el trabajo porque quiero pasear con mi perro. Tengo pocos amigos porque también quiero leer buenos libros. Nada es perfecto, pero todo es suficiente.

No me gusta cuando endiosamos personajes de éxito. Me parecen enfermos, obsesionados. ¿Cómo lo ves ser casi el mejor de tu trabajo? Es suficiente con ser secundario. No des el 100%, porque entonces algo de tu vida está muerto.

Hay una frase que me encanta:
“50% tú, 50% Dios”.
Quien dice Dios puede decir azar, universo, Pachamama… da igual. Algo de fuera. Que la vida también se mueva a tu alrededor.

Quizá el ego más grande sea creer que todo depende de nosotros. Y en ese endiosamiento enterramos la confianza, la fe, la ecuanimidad y la verdadera aceptación.

Dejemos de vivir apuntándonos con el dedo, creyendo que nuestra vida se gobierna solo con nuestro timón. Los pájaros aprovechan las corrientes de aire; no vuelan a contracorriente.

—¡Los salmones sí, Gerard! ¡Esos van a contracorriente!

¿Sabes qué les pasa a los salmones cuando llegan arriba?
Mueren. Exhaustos. Lo han dado todo y mueren de inanición.

Yo prefiero las grandes águilas que planean sin esfuerzo, abren sus alas y aprovechan las corrientes para elevarse o descender, según el remolino.

Así que cuando termine el año, ponte retos que armonicen con tu forma de vivir. Retos agradables, que sea un placer cumplir. Retos que no sean retadores, sino renovadores.

Y por eso, deja de estar esperanzado.
La esperanza es lo primero que hay que perder.

Empieza a ser realista.
La realidad es hermosa. Está ahí, contigo, exultante, esperando que la disfrutes…
mientras tú sigues ocupado tratando de cumplir tus sueños.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...

Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...

ÚNETE A MIS REFLEXIONES SEMANALES.

Newsletter

Suscríbete a mis reflexiones semanales

Creado por Gerard Castelló Duran con © systeme.io