A veces miro a las personas y me siento lejos de ellas.
Hay momentos en la vida en los que algo hace click y, de pronto, me siento ajeno a lo que sucede a mi alrededor. Veo a mis amigos hablando de lo mismo, deseando lo mismo, buscando lo mismo. Año tras año, en el mismo bucle. Y yo, observando desde fuera.
Ya no me satisface una conversación banal como antes.
Ya no me ilusionan conquistas que me parecen vacías.
Ya no tengo tanta capacidad para la sonrisa forzada.
Me siento desubicado…
porque me he ubicado dentro de mí.
Y desde ahí, aunque el mundo siga siendo el mismo, todo cambia. Cambia porque yo he cambiado. Hay experiencias en mi vida que me han sacado del espacio de confort y me han empujado a atravesar mis miedos, a sentir mis sensaciones internas, a aprender a ser distinto, a sentir distinto, a mirar la vida desde otro lugar. Y cuando eso ocurre, ya no hay vuelta atrás.
Los paisajes que antes me resultaban familiares ya no me atraen.
Mi atención está puesta en otras cosas.
Ya no huyo constantemente de mí buscando estímulos externos.
Empiezo a estar bien dentro de mí.
Y desde ese lugar, necesito poco.
Pocas cosas me hacen falta.
Ya no pago un alto precio por la compañía.
Ya no me desvivo por actividades que “se supone” que deberían hacerme disfrutar.
Estoy bien dentro de mí.
Quizás esa sea una de las claves de una vida plena: aprender a estar bien con uno mismo. Hacernos buenos amigos de nuestro cuerpo, comprendernos, acogernos. Y desde ahí, aparece ese bienestar tan anhelado.
El mundo sigue siendo el mismo.
Las rutinas, los ambientes, las dinámicas.
Pero cuando aparece la angustia o la sensación de inadecuación, respiro hondo, entro dentro de mí… y ahí, todo está bien.
Quizás ese sea el antídoto frente a nuestra constante reactividad de lucha o huida. Cuando estoy bien conmigo, la vida puede moverse, cambiar, romperse… pero el refugio sigue conmigo.
Ese espacio de seguridad que tantas veces proyectamos en una pareja, un trabajo o un estatus deja de ser vital y pasa a un segundo plano. Ya no exijo que la vida me dé lo que necesito, ni que mi pareja cubra lo que no puedo sostener, ni que mi trabajo me autorrealice. Entiendo que esos elementos son como son y acepto lo que hay, porque ya no tengo hambre.
Esa hambruna interna que antes me llevaba a la tensión, la ansiedad o la angustia.
Ahora observo. Me subo al carro o no, en función de la conveniencia. Pero eso ya no determina mi estado de ánimo. Porque lo que determina cómo me siento es cómo estoy yo conmigo.
Ya no proyecto mi bienestar fuera, esperando que la vida me dé lo que me falta o intentando ser lo que creo que se espera de mí para recibir amor. Ahora la vida pasa, y yo tomo pedazos de ella: los que me apetecen, los que son inevitables. Me gestiono desde la elección, no desde la carencia.
Cada vez que me pierdo, que algo me sobrecoge o me identifico con el ruido interno, vuelvo a casa. Me paro. Respiro. Me pongo la mano en el corazón. Y me repito frases que a veces se olvidan:
“Eres una buena persona.”
“No has hecho nada malo.”
“Eres digno de ser amado tal y como eres.”
Cada uno tiene sus propios mantras. Esas frases que nos habría gustado escuchar de niños para liberarnos del maleficio de creernos lo que no somos.
Me ayuda recordarme —como dice el Tantra— que todo lo que es real está bien. Que eso de ser hijos de Dios significa que dentro de ti todo está bien. Que tu temperamento es acertado, que busca la supervivencia. Que lo que nos daña no es lo que somos, sino la interpretación que hacemos de nosotros mismos. Esa interpretación es la que nos ancla a relaciones tóxicas, comportamientos incoherentes y formas de vida desvitalizadas.
El animal interno está ordenado.
El problema es la lectura educativa que hemos hecho de él.
Hasta relegarlo a algo que hay que dominar, controlar, someter y subyugar.
“Lo que es real está bien.”
Pero es difícil saber qué es real, porque lo primero que aparece cuando pensamos en nosotros no es lo que hay, sino la enorme cantidad de ideas superpuestas sobre lo real.
Desgranar esas ideas, apartarlas y profundizar hasta encontrar lo estable, lo sano, lo temperamentalmente vivo… es una tarea que puede ocupar toda una vida. Pero cuando ese trabajo se hace, algo se ordena profundamente:
Tu cuerpo se convierte en tu casa.
Y en tu casa, todo está bien.
Es tu hogar, tu morada. Ahí viven tus emociones, tus deseos, tus sueños y tu parte esencial, a veces atrapada bajo capas y capas de ideas aprendidas.
Sí, es el trabajo de toda una vida.
Pero también es el trabajo más productivo que existe.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
ÚNETE A MIS REFLEXIONES SEMANALES.

Newsletter
Suscríbete a mis reflexiones semanales
Creado por Gerard Castelló Duran con © systeme.io