Hay momentos en la vida en los que todo colapsa. Ahora mismo, estoy escuchando una música que habla del Om Namah Shivaya. Me siento desolado.
Acabo de llegar del veterinario. Ayer, mi perro estaba raro; parecía que se caía. Pensaba que era el calor, le cuidé bien, pero esta mañana... después del paseo, un poco tambaleante, se ha caído al suelo. Con los ojos agitados y ladeando la cabeza, lo he visto claro: a Kazán le estaba dando un ictus.
Su cerebro vascular, tan maravilloso, estaba colapsando. Se estaba interrumpiendo de forma brusca el riego sanguíneo en una parte de su cerebro; por eso ladeaba la cabeza, se caía, no tenía capacidad motora... Y me miraba. No apartaba la mirada de mí, me seguía con esos ojos hermosos, como si yo fuera el ancla de su realidad.
Es normal. Hemos estado juntos desde hace catorce años. Hemos pasado por relaciones, mudanzas y trasiegos. Me ha acompañado a mis terapias cuando las hacía presenciales, estaba ahí con los pacientes, frecuentaba mis talleres de danzas sagradas y, aunque no ha sido muy de caminar, siempre se apuntaba a una buena sesión de meditación si todo lo que debía hacer era recostarse en mi regazo o en el de quien lo acogiera.
Es un perro grande y fuerte, pero inmensamente dócil. Con una paciencia infinita y una gran imagen de grandullón terrible que se disipaba en cuanto se acercaban a acariciarlo.
Lo he cogido en peso porque no podía caminar. Con sus cuarenta kilos a cuestas, lo he subido al coche. He tomado su colchón para que tuviera referencias conocidas y lo he llevado al veterinario que tan poco le gusta.
—Ha tenido un accidente cerebrovascular. Ahora, corticoides a ver qué pasa.
Pues eso, una inyección de corticoides para relajarlo todo. ¡La de cosas que arregla desinflamar!
Es para el edema. Cuando se produce un ictus, el tejido cerebral circundante se irrita y se inflama. Y como el cráneo es una caja de hueso rígida que no cede, esa hinchazón aumenta la presión intracraneal, aplastando más neuronas y agravando el daño. La inflamación no es más que la respuesta instintiva del cuerpo ante una agresión. Crea un muro, intenta detener el tiempo biológico para que el daño no avance. Es pura supervivencia aferrándose a la vida.
Pero, ¿qué hacemos nosotros cuando la agresión no es física, sino existencial? Nosotros también nos inflamamos. Nuestro ego, nuestra psique, crea su propio edema. Levantamos muros de negación, nos llenamos de los dolorosos «y si...», nos hinchamos de angustia porque la realidad de repente se ha vuelto una caja de hueso rígida que nos asfixia.
De fondo sigue sonando el Om Namah Shivaya, el mantra del señor de la danza cósmica, el que destruye para que todo vuelva a nacer. Sabemos que no hay creación sin disolución, pero la brutal imprevisibilidad de la vida siempre nos pilla desprevenidos.
Y sin embargo, han pasado unas horas y Kazán ha vuelto a casa. Parece que ha salido del trance. Los corticoides han hecho su trabajo, ya está mejorando y hasta me resulta inmensamente feliz verlo dormir a pierna suelta debajo de mi mesa.
Él descansa en su eterno presente, pero yo he viajado por muchos mundos posibles esta mañana. Lo he visto en la muerte, he habitado la tristeza y la desolación. Aún siento el latigazo del susto en el cuerpo y me sorprendo afanándome en tratar de controlar el cómo y el cuándo.
Kazán duerme ahora profundamente, ajeno a todo, incapaz de pensar en qué pasará mañana. Y lo envidio. Envidio su animalidad pura. Porque yo sí lo pienso. ¿Cómo vivir en el presente cuando se tiene la maravillosa y maldita capacidad de indagar en el futuro? Yo aún sufro por algo que no ha sucedido, pero que mi mente ya ha llorado como si fuera un hecho consumado.
Esa es mi condición humana, la fricción contra la que debo vivir. Y aquí es donde chocan de frente las grandes verdades. Por un lado, Claudio Naranjo nos advierte que este sufrimiento anticipatorio es opcional; es neurosis, es el ego resistiéndose a lo inevitable y perdiéndose la vida. Pero por otro, resuena la voz áspera de Gurdjieff: "Hagas lo que hagas, no puedes renunciar a tu sufrimiento".
¿Quién tiene razón? De pronto, viéndolo respirar bajo la mesa, lo entiendo: no se contradicen, se completan.
Naranjo nos habla de soltar el sufrimiento mecánico, inútil, esa inflamación neurótica de la mente que intenta controlar lo incontrolable. Pero Gurdjieff apunta directamente al sufrimiento consciente. A esa fricción humana, cruda y real, de la que no podemos ni debemos escapar. Si eliges estar despierto, si eliges amar profundamente a un ser sabiendo que tiene fecha de caducidad, ese roce inevitable duele. Y ese dolor no es neurosis, es el motor mismo del trabajo interior; es el precio de la consciencia.
Así que hoy toca dejar que los corticoides desinflamen el cerebro de Kazán, mientras él descansa sin pasado y sin futuro. Y para mí, toca desinflamar la mente de su sufrimiento neurótico, dejar de anticipar la tragedia, y aceptar a pecho descubierto el dolor consciente de amarle hoy.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
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