A veces la vida nos dice: ¡basta!
Basta de fingir, basta de aparentar, basta de intentar ser alguien para esa persona que nos importa. Basta de cualquier tipo de paripé costumbrista que nos empuja a esa constante sensación de tratar de ser alguien, de tratar de encajar, de ser vistos o de impresionar. Esa obsesión por ser «algo por encima de la media» que pueda ser valorado, que nos dé sentido, que nos asigne un lugar.
¡A la mierda!
A veces, solo a veces, cuando uno está harto de estar harto, llega el momento orgánico de mandarlo todo a la mierda y gritar: ¡Que os follen!
¿A quiénes? A los prejuicios, a los abusos, a los clichés. A la educación de la sonrisa forzada, a las políticas familiares, a las represiones constantes, a las poses, al bienquedismo crónico y a tanto y tanto rollo que, en definitiva, no es ser uno mismo. Tantas y tantas cosas que nos sobran. Nos sobra la domesticación de la infancia, nos sobra el "en boca cerrada no entran moscas", el "por la boca muere el pez y por el pico la perdiz", el "un minuto de silencio evita un año de pleito", el "a palabras necias, oídos sordos", el "en la prudencia está el freno, y en la lengua el veneno", y el maldito "de lo que no se dice, uno no se arrepiente".
Somos enormes contenedores de frases no dichas, de emociones no expresadas, de energía vital estancada por no poderla manifestar. Y en medio de ese estancamiento y esa anestesia te exigen: ¡Sonríe! Para que cuando alguien te pregunte «¿Qué tal la vida?», le puedas soltar un mecánico «¡Todo bien!» y sigas tragándote tu angustia.
Pero el cuerpo lleva la cuenta. Ese «¡Todo bien!» se convierte en la coraza que endurece tu pecho, en la mandíbula tensa que te encasquilla la voz, en la respiración superficial y entrecortada que te desconecta por completo de tu instinto. Hemos convertido la contención en una falsa virtud, operando como autómatas dormidos que reaccionan a lo que el sistema espera de ellos, castrando nuestra propia presencia y nuestra fuerza.
Romper el molde no es un acto de locura, es pura inteligencia biológica. Es permitir que la emoción reprimida por fin atraviese el cuerpo y lo sacuda. Mandar a la mierda esa falsa diplomacia es el primer paso real para habitarte. Cuando el hastío profundo encuentra una salida genuina, el mecanismo automático se quiebra; el diafragma se suelta, el fuego vital recupera su espacio y la consciencia despierta.
Deja que arda lo que tenga que arder. Solo cuando vaciamos el cuerpo de toda esa basura complaciente, queda espacio limpio para la autenticidad. La próxima vez que sientas la angustia asomando, permítete la rebeldía de no tragar. Tu transformación real y tu libertad empiezan exactamente ahí: en la exhalación de todo lo que te sobra.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
ÚNETE A MIS REFLEXIONES SEMANALES.

Newsletter
Suscríbete a mis reflexiones semanales
Creado por Gerard Castelló Duran con © systeme.io