El Teatro Interior: quién gobierna realmente tu vida

A veces me miro y no me reconozco. Me veo reaccionando como no creía que reaccionaría, adoptando actitudes que juraba no tener… y me sorprendo a mí mismo:
¿Así soy yo?

Lo verdaderamente interesante es que creemos que el YO es algo unificado, una cosa sólida, compacta. Cuando nos miramos al espejo deseamos ver a alguien coherente, continuo, con identidad. Porque tener identidad nos da una sensación de existencia. Sentimos que, si no sabemos quiénes somos, desaparecemos.

Y desde ahí vamos construyendo el YO. Sin embargo, el simple hecho de que lo estemos construyendo debería alertarnos: quizá no sea un verdadero Yo, sino una estructura creada para sentir que existimos.

Todo lo que crees que eres —el orgullo que sientes, el desprecio que te tienes, la imagen que defiendes— no son más que partes. Partes de un yo que, en sí mismo, no tiene una identidad fija.
Tú no eres lo que piensas de ti.

Podrías describirte de muchas maneras, todas válidas según tus circunstancias. Pero cada una de esas descripciones son atributos, no esencia. Son respuestas a estímulos externos que generan movimientos internos y terminan en acciones concretas en el mundo. Eso es comportamiento. No identidad.

Y el comportamiento, si lo observas con honestidad, es profundamente cambiante. Puede que respondas igual ante situaciones similares, pero las situaciones nunca son exactamente las mismas. Ni tú tampoco.

Es lo que el Cuarto Camino llama “los Yoes”: no somos una unicidad, sino una multiplicidad.

Y sí, suena inquietante. Casi a posesión. Y de alguna forma lo es. Estamos secuestrados por pequeños yoes que se han ido formando ante cada nuevo estímulo, creando patrones, automatismos, reacciones.

Dentro de nosotros vive el yo que se siente injustamente tratado, el que se infravalora, el que se avergüenza, el que se siente vulnerable… Cada uno es un ecosistema completo.

Imagina un teatro. Aparece en escena el Yo de la condescendencia y proclama: “¡Yo soy yo!”. Y desde ahí determina tus pensamientos y emociones. Hasta que, de pronto, entra el Yo de la desidia, empuja al anterior fuera del escenario y declara con absoluta convicción: “¡Yo soy yo!”. Y durante ese tiempo, esa es tu verdad.

Cada Yo cree ser el único. Ninguno reconoce la existencia de los demás. Cada uno se percibe como el Yo supremo mientras está en escena.

Y cuando varios quieren gobernar al mismo tiempo, el escenario se llena de ruido. Se atropellan, se contradicen, se disputan el trono. Ahí nacen nuestras incoherencias, nuestras luchas internas, nuestras contradicciones más dolorosas. Ese momento en que sientes que algo falla, como si hubiera un error en la Matrix.

Quizá es precisamente ahí, en esa tensión, donde puedes intuir que la identidad no es lo que creías. Que eso que llamas “yo” es un compuesto de patrones aprendidos. Y que existe algo más profundo, más silencioso, que aún no has alcanzado.

La necesidad compulsiva de definirte, de etiquetarte, de encontrar “quién soy”, ya es parte del juego de los yoes. Ni tu trabajo, ni tu pareja, ni tus logros, ni tus fracasos te darán una identidad definitiva. La búsqueda obsesiva de identidad es el síntoma de que todavía gobiernan los pequeños yoes.

Ahora bien, sin los yoes no podríamos vivir. Son necesarios. Lo que necesitamos no es eliminarlos, sino ordenarlos. Armonizarlos. Que exista algo estable no en momentos fugaces, sino de manera constante, pase lo que pase.

¿Quién ordena a estos yoes?
El verdadero Yo.

El Yo auténtico no es una identidad narrable. No es una historia que puedas contar. Es una función. Es el espacio que sostiene. Es el teatro donde los yoes actúan. Es el director de orquesta. Es la estructura que hace posible la representación.

Cuando comprendes que el teatro es el Yo, aparece la responsabilidad. El Yo auténtico no compite, organiza. No grita, ordena. No se impone, armoniza.

Es el capitán del barco mientras los yoes son los marineros. Los marineros despliegan velas, trabajan, reaccionan al viento. Pero sin la perspectiva del capitán, irían de un lado a otro sin rumbo, peleándose por el timón.

El capitán no hace ruido. No corre por la cubierta. Pero ve el horizonte. Marca el rumbo. Sostiene la dirección.

Eso es lo que hay que cultivar: esa instancia interna que no es una identidad descriptible, sino una presencia organizadora. Sabes que está cuando todo está en su lugar. Cuando cada parte tiene su momento. Cuando el caos se convierte en armonía.

No puedes verlo directamente. Solo puedes reconocerlo por sus efectos. Como decía el Evangelio: “Por sus frutos los conoceréis”. El verdadero Yo se percibe en tu bienestar interior, en la coherencia que emerge sin esfuerzo.

Podríamos decir que el Yo es como Dios: aquello que lo sostiene todo sin necesitar proclamarse. Lo invisible que permite que lo visible funcione. La armonía que aparece cuando cada parte ocupa su lugar.

Quizá el Yo y Dios no sean tan distintos.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...

Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...

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