Hoy parece un día especial, de esos que la humanidad ensalza para glorificar la figura más importante de nuestra especie: la madre. Sin embargo, a veces ese ensalzamiento no significa nada si no rascamos la superficie.
Es probable que, en tu último suspiro, tus pensamientos vuelen hacia ella. En los momentos finales, todos regresamos a la infancia. Y qué importante es ese periodo, seamos madres o no. La infancia marca nuestro presente de forma tan profunda que ciertos hechos precisan años de terapia para sanar; otros, simplemente, son heridas abiertas que nos acompañan siempre. Y esos hechos, nos guste o no, giran en torno a la figura de la madre.
El territorio interno: Cuidar-se
Si el padre es el pilar "lejano" —el que marca la protección y la defensa del territorio de la piel hacia afuera—, la madre es el pilar cercano. Ella genera el concepto de nutrición: alimentar y calentar. Es la sensación de afecto y de sentirnos nutridos en todos los niveles.
La madre es el territorio interno. El concepto CUIDAR-SE nace ahí. Según cómo hayas introyectado la figura materna (la haya ejercido quien la haya ejercido), así es como te cuidas hoy.
Sin embargo, cuidarse suele ser lo último en nuestra lista. Estamos volcados en conseguir, en hacer, en ser reconocidos o en desvivirnos por otros. Pero, ¿qué necesitamos realmente para sentir calor y nutrición? La respuesta está en una pregunta depende de: ¿Cómo nos cuidó nuestra madre?
El tabú: Existen las madres malas
Por mucho que veneremos la institución materna, debemos afrontar lo incontable: muchas madres son malas.
Sé que esto sorprende, pero piénsalo: que una mujer quede embarazada, de forma fortuita o no, no determina su bondad ni su generosidad. Tener un hijo no es necesariamente un acto de entrega; puede ser un acto profundamente egoísta, ególatra, descuidado o incluso perverso.
"¡Eso no es posible, Gerard! Todas las madres quieren a sus hijos en el fondo".
Eso es lo que los hijos necesitamos creer. No ser queridos por nuestra madre es la herida más profunda que se puede tener. Por eso blanqueamos su comportamiento. La adoramos porque, cuando somos niños, ella es DIOS. Somos dependientes y solo entendemos una cosa: "Si este ser no me cuida, me muero".
La tentación del poder
La madre es el todo, el verdadero concepto de Dios, aunque el patriarcado le haya cambiado el género. Cuando estamos en su vientre, sentimos su corazón; al nacer, somos escindidos del Todo hacia la Nada. Buscamos su piel para encontrarnos a nosotros mismos.
Pero hay madres que repudian desde la concepción. Madres que quieren al hijo cerca solo por el poder que les otorga: la capacidad de ejercer dominio, manipular o someter a un ser vulnerable que piensa: "Me muero si no me amas".
¿Quién no se siente tentado ante tal poder? La capacidad de moldear a otro ser humano a tu antojo es una golosina difícil de rechazar si no hay un profundo trabajo personal previo. El problema es que casi todas las madres lo niegan. Y mientras, los hijos viven vidas que no quieren, siendo lo que "deben" ser y no lo que son.
El legado sistémico y la sanación
Llamamos "amor" a lo que recibimos. Si la atención de tu madre fue descuidada, rabiosa, infantil, manipuladora o desinteresada, a eso es a lo que hoy tú llamas amor.
Sanar nuestra falta de autocuidado es sanar el poco cuidado que nos tuvieron. Sanar nuestra falta de afecto propio es sanar la falta de afecto que nos prodigaron. Como hijos, a veces hemos "amado" a nuestras madres por puro instinto de supervivencia, por miedo al abandono o a su locura. Pero el amor es una acción, un movimiento. Como decía Cristo: "¿Me amas? Entonces cuida mis ovejas". Por sus actos los conoceréis.
¿Para cuándo el día del hijo?
Ese día donde los padres se giren y nos digan: "Disculpa. Te sientes triste porque te entristecimos; te sientes morir porque te matábamos. Lo hicimos lo mejor que pudimos, pero no fue suficiente. Perdón". Algo dentro de nosotros se ordenaría al instante.
Independizarse significa romper lazos, reformularse y ser autónomos. Pero el "amor" —o lo que creemos que es amor— nos lo impide. Si el amor de madre te ata, te subyuga. No debemos ser lo que ella desea, debemos ser nosotros mismos. Y para ello, hay que romper esas expectativas.
Muchos hijos se convierten en la expectativa de su madre para no perder su atención. Eso es humano, pero no es sano. La sanación empieza aceptando que las madres son humanas, incompletas y falibles. Que hay madres que no te dan leche para que vueles, sino para que las necesites siempre.
Matar a la bruja para salvar al hijo
Ya en la antigüedad se hablaba de esto mediante símbolos: el hada y la bruja. Como propone Sheldon Cashdan en su ensayo "La bruja debe morir" sobre los cuentos de hadas, debemos sacar de nuestra cabeza la versión edulcorada de Disney.
Hoy, celebra las partes buenas de tu madre y "mata" dentro de ti sus partes malas. Ese es tu trabajo como "madre de ti mismo": no confundir la miel con la hiel.
Mi madre fue de esas. Me daba miel y hiel mezcladas. Llamé "amor" a lo que era posesión y maltrato. Tuve que hacer un gran proceso para sanar esas "partes brujildas" introyectadas. Mi propio linaje matriarcal quedó plasmado en la serie La Mesías: una madre terriblemente contradictoria. Pero es mi madre, forma parte de mí y me toca coser ese vestido rasgado, separar la paja del trigo.
Nuestra vida emocional depende de esto. Nuestro mayor cometido es aprender a amarnos bien, hayamos tenido buenas o malas madres.
Buena suerte.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
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