Buenos días.
Estoy aquí, delante del ordenador, escuchando una entrevista del Dr. José Luis Marín sobre la salud mental y la salud general. Habla de algo que, en el fondo, no es nuevo: el cuerpo y la mente son uno. No existe salud mental sin salud física. Están profundamente relacionados.
Más o menos lo mismo que dice el Dr. Gabor Maté.
También lo mismo que explora Peter Levine con su terapia somática.
Y, sobre todo, lo mismo que ya decían los Vedas hace más de 800 años antes de Cristo.
En aquel tiempo ya se hablaba de la salud mente-cuerpo.
Hay unos textos, llamados Upanishad, que recogen enseñanzas que originalmente se transmitían de forma oral y posteriormente se escribieron.
“Cuando todos los deseos que habitan en el corazón son liberados, entonces el mortal se vuelve inmortal, y alcanza lo absoluto.”
— Katha Upanishad
El problema no es lo que sientes, sino lo que te posee.
El deseo no integrado, la emoción no digerida, la mente que no descansa… todo eso rompe el equilibrio entre el cuerpo, la mente y la conciencia.
“El que ve la multiplicidad aquí, va de muerte en muerte.”
— Brihadaranyaka Upanishad
La fragmentación interna —la dicotomía mente-cuerpo, pensar una cosa, sentir otra y hacer otra— es la enfermedad.
No hay coherencia.
Y donde no hay coherencia, hay sufrimiento.
Pero el sufrimiento más grande no es el dolor en sí.
Es el miedo a sufrir.
Esa anticipación fantaseosa, casi premonitoria, del dolor que creemos que vendrá cuando nos encaremos con él.
Y, sin embargo, rara vez es así.
Cuando aceptas, cuando te rindes a la realidad y abrazas lo que viene, cuando te dejas atravesar por la experiencia —con todo el pánico que eso conlleva—, en ese lugar ocurre algo inesperado:
el sufrimiento es mucho más fácil de digerir que todos los fantasmas que hemos construido alrededor de él.
Ahí es donde nos quedamos atrapados:
sin atravesar la herida, sin afrontar el dolor.
Hemos creado enormes muros, sofisticadas formas de escapar.
A veces incluso les llamamos autoestima o resiliencia.
Pero no lo son.
No ser capaz de rendirse, de encararse, de mostrar el cuello a la espada de Damocles, es una forma egocéntrica de seguir atrapado en la ilusión de control.
Y eso, muchas veces, es premiado socialmente.
Se ve como superación. Como éxito. Como valía.
Cuando en realidad puede ser una huida constante: hacia el trabajo, hacia el amor, hacia la realización personal… para no detenerse delante de la propia herida que sangra.
Ahí es cuando nos mentimos.
Nos mentimos detrás de cada TikTok, de cada reel, buscando respuestas, buscando gasolina para seguir adelante, para sostener la cabeza alta, para justificarlo todo.
Y desde ahí, todo parece estar bien.
La mente puede mentirnos durante mucho tiempo.
Mantener el ego en alto.
Sostener la ilusión.
Hasta que el cuerpo interviene.
El cuerpo siempre termina hablando.
Y cuando lo hace, dice la verdad.
Somos cuerpo.
Y todo sucede en el cuerpo.
La respuesta psicológica, cuando no es atendida de forma adecuada, acaba permeando en el cuerpo de forma psicosomática: contundente, abrumadora, innegable.
Ahí puedes seguir consumiendo contenido si quieres…
pero el cuerpo ya no se traga tu abstracción mental.
El cuerpo dice: no.
Los Upanishad ya lo expresaban hace más de 2.000 años:
“El cuerpo es el carro,
el Ser es el señor del carro,
la mente son las riendas,
y los sentidos son los caballos.”
“Si la mente no está despierta,
los sentidos arrastran al hombre
como caballos desbocados.”
Como también decía Gurdjieff con su alegoría del carruaje:
si la mente no guía de forma adecuada, el sistema entero se desorganiza.
Si no hay presencia, el cuerpo se deshabita.
Si la mente no está entrenada y ordenada, no dirige… reacciona.
En otro pasaje del Katha Upanishad se describe la mente con una claridad sorprendente:
“La mente es inconstante, turbulenta, poderosa y difícil de dominar…
pero puede ser aquietada mediante la práctica y el desapego.”
La mente no está hecha para estar en calma.
Está hecha para moverse, anticipar, proteger.
Busca constantemente problemas, imperfecciones, amenazas.
Esa es su función.
El problema no es que lo haga.
El problema es que te identificas con ello.
“Cuando la mente se aquieta y descansa en el Ser,
entonces cesa el sufrimiento.”
No porque el mundo cambie,
sino porque deja de haber fricción interna.
La mente activa el cuerpo hacia el estado de alerta.
Pero una mente desordenada vive en alerta constante: estrés, ansiedad, tensión.
Por eso necesitamos educarla.
¿Para qué?
Para que el cuerpo pueda entrar en calma.
Para que el organismo deje de vivir en modo supervivencia y pueda reparar, limpiar, regenerar.
Para que la energía deje de estar en huir o atacar…
y pueda dedicarse a sanar.
Necesitamos usar el cuerpo para calmar la mente.
Respirar.
Moverse.
Hacer yoga.
Meditar.
Caminar en la naturaleza.
Escuchar música que abra.
Tener conversaciones reales.
Y también dejar de intoxicarnos:
menos noticias catastrofistas,
menos estímulo constante,
menos ruido.
Confiar más.
En la vida.
En uno mismo.
En algo más grande.
Rendirse a la realidad.
Abrazar lo que hay.
Y desde ahí, construir una resiliencia verdadera:
la que nace de la aceptación.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
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