La risa que tapa la vergüenza

Ayer una amiga me contaba, entre risas, las cosas que ve en la televisión. En concreto, me hablaba de Machos Alfa, una serie española que pretende mostrar —en clave de comedia— los entresijos de la masculinidad contemporánea.

Y me dio que pensar.

Parece que la única forma que hemos encontrado para poner algo de conciencia sobre la mesa es la burla. Personalmente, no soy muy bueno viendo parodias. No porque no entienda el humor, sino porque me cuesta quedarme en la superficie de la risa cuando debajo hay algo que duele.

Mientras me lo contaba, mi mente reproducía escenas de consulta: pacientes que, sin ser graciosos, relatan situaciones muy similares. Historias donde la imposibilidad de intimar, el bloqueo emocional y la torpeza relacional acaban desembocando en desconexión, tristeza y, en último término, sufrimiento real.

Hacemos humor de nuestra falta de conciencia vital. Nos burlamos como estrategia para dejar de mirarnos con vergüenza. Porque, seamos honestos, es profundamente vergonzoso ser incapaces de relacionarnos de forma honesta entre hombres y mujeres. Y también entre hombres. Y también entre mujeres.

Seguimos atrapados en desigualdades y estereotipos que no son más que mecanismos de defensa frente a la amenaza que nos produce el otro. Conciliar las diferencias no es eliminarlas, sino comprender que lo esencial son nuestras similitudes. Somos los mismos perros con distintos collares. Y en esa insistencia estereotipada sobre “cómo son los hombres” y “cómo son las mujeres” perdemos el contacto real, no solo entre géneros, sino incluso dentro del propio.

A veces salgo a tomar algo con amigos y escucho cómo, entre nosotros, repetimos los mismos cuentos. Representamos los mismos personajes que esas series retratan con tanta precisión superficial. Y sí, en el fondo tienen razón. Pero es una razón hueca. Relatamos la fachada. ¿Qué hay debajo?

Desconexión emocional. Educación afectiva deficiente. Miedos que ocultan deseos. Y mientras sigamos centrados en defendernos, seguiremos defendiéndonos.

Echo de menos conversaciones entre hombres que se atrevan a ir más hondo. Y que esa profundidad no sea tachada de aburrida, de poco masculina o —peor aún— despreciada por quienes se jactan de su propia superficialidad.

Nos reímos de esas series porque somos incapaces de sostener lo triste que resulta todo esto: estar tan lejos de nosotros mismos, aceptando roles que anestesian nuestras emociones genuinas. En el fondo, estamos llenos de miedo, camuflado bajo el mantra de “los tíos somos así”. No es verdad. No somos así. Es un acuerdo tácito con la sociedad y con nuestra incapacidad de intimar.

En esas series hay un cóctel de situaciones y personajes que reflejan una realidad demoledora: estamos desconectados. Y, sin embargo, nos reímos. Las validamos. Normalizamos lo anormal. Blanqueamos la estafa emocional en la que vivimos metidos.

Estamos siendo ninguneados no solo por la sociedad, sino por nosotros mismos. Atrapados en validar comportamientos falsos, inflándonos y riéndonos cuando, en realidad, es un retrato burdo de nuestra precariedad emocional.

Esto debería llevarnos al ensimismamiento, a la introspección y, sí, a cierta vergüenza ajena. Es obsceno parlotear de forma impúdica y cosificar no solo a las mujeres, sino también a nosotros mismos. Esa cultura —o mejor dicho, esa falta de educación emocional— es precisamente la que nos ha deseducado.

Nos estamos volviendo más ignorantes, más cínicos y más caricaturescamente epicúreos.

Hoy se confunde ser epicúreo con ser un “viva la virgen” que solo busca comer y beber caro. Pero el sentido real del epicureísmo —el de Epicuro— es mucho más sobrio, más profundo y, curiosamente, más sereno.

No solo no somos capaces de avergonzarnos de estas actitudes, sino que las ensalzamos. Nos reímos juntos para validarlas ante los demás miembros de la manada. Y si te paras, tomas tierra y decides cuestionar estas dicotomías, pasas a ser el aguafiestas. Peligra tu inclusión social. Puedes acabar relegado a un rincón oscuro: útil solo cuando alguien está realmente perdido, pero jamás invitado a la fiesta ni al folclore.

Entonces asumes el papel para pertenecer. Y muchas veces, el primer destello de conciencia llega en forma de exclusión. Quizá esa sensación de individuación sea la señal más clara de que algo estás empezando a hacer bien. Ser tildado de “rarete” puede ser una excelente confirmación de que has dejado de blanquear comportamientos profundamente deleznables, aunque superficialmente llenos de falsa gloria.

Un amigo murciano me dijo una vez, cuando le hablaba de mi incapacidad para reírme de ciertas “gracias” que esconden graves irregularidades cognitivas:
—Haz turismo —me dijo—. Míralo como si estuvieras en un zoológico observando la naturaleza social.

Así que me considero un turista empedernido. Sigo sin poder reírme de las bromas de la manada, pero ya no vivo esa incapacidad como un defecto, sino como una cualidad humana a la que, quizá, deberíamos aspirar para dejar de comportarnos como adolescentes emocionales y empezar a resolver nuestros problemas generacionales.

Porque, al final, todos deseamos una relación íntima auténtica. Solo que, al sentirnos incapaces, hacemos como los fumadores, los borrachos o los puteros: tratamos de convencernos de que “todos somos así”, para sentirnos menos culpables. Pero seamos claros: ellos no son la norma. Son el síntoma.

Lo normal sería comprender, dialogar, aceptar, incluir. Buscarse en lo íntimo. Resolver desde dentro. Tomar conciencia. Y aspirar a una igualdad que no sea ideológica, sino interna.

PD
¿Sabes cuál era la verdadera filosofía de Epicuro?

Ser epicúreo es buscar la felicidad mediante la ataraxia: un estado de calma profunda y ausencia de temores.
Lejos del exceso, esta filosofía defiende que el placer auténtico nace de la sencillez y de satisfacer solo las necesidades naturales.
Se basa en un cálculo inteligente: evitar lujos innecesarios que, a largo plazo, generan dependencia y preocupación.
Para el epicúreo, la amistad y el conocimiento son los bienes más valiosos para proteger el alma de la ansiedad.

En definitiva, vivir con sabiduría para disfrutar del presente sin convertirse en esclavo de deseos que nunca se sacian.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...

Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...

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