Hay cosas en la vida que se pueden cambiar; sí, muchas. Muchas de las cosas que nos pasan pueden arreglarse, otras no.
Esas otras que no pueden arreglarse son las que uno debe aceptar. Aceptar no es tan fácil, sobre todo si hemos vivido en una cultura donde el afán de superación es algo aspiracional.
Resulta que es exactamente eso —la distinción entre lo que puedes cambiar de ti y lo que debes aceptar de ti— lo que realmente hace la diferencia entre una vida bien vivida y una vida de mierda.
Esto es lo que trata de aportarnos la "Oración de la Serenidad", escrita por el teólogo estadounidense Reinhold Niebuhr. Es una "oración" que nos lleva a un gran misterio: a que soltemos la idea de que hay cosas buenas y cosas malas, y a contactar con nuestra propia capacidad de análisis de nuestra propia vida.
Dios, concédeme la Serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
Valor para cambiar aquellas que puedo,
y la Sabiduría para reconocer la diferencia.
Hermosa, ¿verdad? Y qué difícil vivir bajo ese paraguas. Muchos queremos, pocos lo conseguimos, pues realmente, tratar de aceptar las cosas que uno no puede cambiar... ¿cómo se sabe eso? ¿Cómo se sabe lo que es inevitable? ¿De verdad hay cosas que con esfuerzo no pueden revertirse?
Así es: a veces hay cosas en la vida que precisan de aceptación para cambiar. A veces las cosas más importantes de la vida... son inevitables. Quizás ahí es donde está nuestro mejor y más profundo trabajo personal: aprender a aceptar aquellas cosas que no podemos cambiar.
Sin embargo, ¡hay muchas otras que sí necesitan de nuestro esfuerzo y nuestro tesón para transformarse, muchísimas! Sin embargo... ¿cómo distinguir las cosas que pueden cambiarse con esfuerzo de las otras en las que simplemente es inútil gastar energía por transformarlas?
La Ley del Esfuerzo y la Trampa del Merecimiento
A veces perdemos la vida, el tiempo y las energías tratando de revertir cosas de nuestra vida; quizás algunas relaciones bajo el "ya lo cambiaré", quizás esperando que nuestro esfuerzo dé frutos tarde o temprano, pues así hemos sido educados: mediante la ley del esfuerzo para poder merecer. Sentimos que merecemos aquellas cosas por las que hemos luchado, sintiéndonos no merecedores de otras que quizás son regalos espontáneos de la vida y que ni tan siquiera consideramos aceptar de buen grado.
La vida es una ecuación constante en esos dos lugares y eso es la verdadera sabiduría; ahí está la Ley del Tres de Gurdjieff. Vivimos atrapados en la ley del dos: están los que se esfuerzan por todo y los que no se esfuerzan por nada; los que creen merecer por existir y los que necesitan ser validados; los que creen nacer con una flor en el culo y los que creen nacer estrellados. Ahí está la verdadera sabiduría, ese camino de en medio, la fuerza neutralizante —la energía neutra, como la llamaba Gurdjieff—, el camino que nos lleva a hacernos cargo de nosotros mismos, de sabernos capaces de tomar decisiones y capaces de cargar con la pesada cruz que a veces nos toca llevar.
Por un lado la libertad ansiada y por otro la responsabilidad; por un lado el niño interior que sabe jugar y aprende cosas nuevos y por otro el viejo diablo que sabe más por viejo que por diablo. Mantener esa dualidad en nosotros y aprender cuándo una es más útil que la otra... esa es la verdadera esencia de la vida.
El Camino de la Fuerza Neutra
Y seguiré con la Oración de la Serenidad, con otro trocito que me parece tan esclarecedor como el primero:
Concédeme Paciencia con los cambios que toman tiempo,
Apreciación de todo lo que tengo,
Tolerancia con los que tengan diferentes luchas,
y la Fuerza para levantarme e intentarlo de nuevo,
Un día a la vez.
Es maravilloso cómo habla de la energía neutra, del punto medio, hasta el punto de terminar con un "un día a la vez". Paciencia, apreciación, tolerancia y fuerza... atributos quizás muy estimados pero poco trabajados dentro de nosotros mismos. La sabiduría maneja esos brazos; a través de ellos se hace presente en nuestra vida, ayudándonos a ser pacientes con nosotros mismos, con nuestros errores y nuestras caídas; ayudándonos a apreciar lo que hay, como aquella frase que rezaba: "Si no tienes lo que quieres, ama al menos lo que tienes", quizás en un intento por darnos cuenta de que, en el fondo, lo que realmente queremos es lo que realmente tenemos.
Y fuerza. Fuerza para levantarse, para combatir nuestra procrastinación, nuestra ansiedad y nuestra inadecuación constantes en busca de la aprobación externa. A la fuerza podríamos llamarla "energía vital", aquello que tenemos al nacer y que con cada fracaso se nos va yendo, hasta que la muerte hace su aparición llevándonos lentamente a flaquear, a sentirnos sin vida, atrapados, sin tener la voluntad de cambiar aquello que puedo cambiar.
Quizás el rumbo de los acontecimientos, quizás la vida en sí misma, quizás a mí mismo... la vida se expresa a través de nuestros cambios, sean estos deseables o indeseables. La vida se expresa a través de los cambios, todo son cambios; lo que puedes cambiar o no siempre tiene que ver con ellos. Hay cosas que vienen y puedes cambiar, y otras que vienen y no, y sin embargo, eso que viene es un cambio en sí mismo.
El Miedo y el Deseo del Cambio
Sin embargo, ¡cómo nos cuestan los cambios! A pesar de ser la sal de la vida, aquello que nos hace salir de nuestra comodidad neurótica y lanzarnos a acontecimientos que nos llevarán a la auténtica sabiduría... Qué miedo dan los cambios. Pero en Tantra decimos: detrás del miedo está el deseo. ¡Cuánto deseamos los cambios!
Todo cambia: lo bueno y lo malo, lo regular y lo aceptable. Todo es un gran cambio porque la vida así es; nada es inmóvil, ni tú mismo. Así es la vida, y cuanto menos tardemos en darnos cuenta de qué es eso que "no podemos cambiar", más capaces seremos de vivir en este constante presente cambiante y deliciosamente experimental.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
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