A veces se nos olvida lo más importante:
las cosas más importantes de la vida no son cosas.
No son cosas que podamos decidir conseguir o no.
No son cosas que podamos apropiarnos a través del esfuerzo y la dedicación.
No son cosas que podamos aprender, ni alcanzar.
Las cosas más importantes de la vida son intangibles, sutiles, pasajeras y, al mismo tiempo, permanentes.
Están ahí, simplemente, sin que debas hacer nada más que aprender a reconocerlas.
Y, sin embargo, les damos poca importancia.
¿Por qué?
Por la importancia personal.
¿Qué es la importancia personal?
Ante todo, es un estado inflado de uno mismo, tanto en lo que consideramos bueno como en lo que consideramos malo.
Todo se vuelve una valoración personal: lo que hago mal me hace malo; lo que hago bien me hace bueno.
Eso que parece tan sencillo encierra una gran complejidad.
Creemos más en la aprobación que en la dignidad.
Creemos que nuestra valía personal tiene que ver con nuestro talento, con nuestra capacidad para conseguir esto o aquello.
Creemos, en definitiva, que nuestro destino está sujeto a lo que podemos o no podemos hacer, y ese “hacer” se convierte en el motor de nuestra identidad.
De ahí nace la cultura del esfuerzo, la cultura del capitalismo, del patriarcado.
Esa sensación constante de que debo hacer para merecer.
Como si el amor fuera algo que se puede adquirir.
Como si el amor fuera algo que debe alcanzarse.
Desde una perspectiva moderna, hemos relegado la palabra amor para ensalzar la palabra éxito.
Hoy en día el éxito es más importante que el amor.
Y lo entiendo.
El éxito es tangible.
Podemos alcanzarlo.
Podemos explicar qué hay que hacer y cómo hay que ser para tenerlo: éxito en el dinero, en el estatus social, en el sexo… incluso en la conquista amorosa.
Todo tiene que ver con el éxito.
Nada tiene que ver con el amor.
¿Cuál es la diferencia?
El éxito es algo que puedes alcanzar desde tu importancia personal.
El amor es un regalo que se percibe.
Así, quedamos atrapados en esa importancia personal: tratando de ser mejores personas, de hacerlo mejor, de lucir mejor.
Y en esa carrera usamos la comparación para determinar nuestro grado de éxito.
La comparación se convierte en el motor de nuestra vida.
No hay una idea genuina de uno mismo; hay una comparación constante con referencias externas que nos dan valor en función de la valoración ajena.
Vivimos atrapados en la imagen, en la vanidad:
“quiero ser lo que tú quieres que yo sea”.
Y en ese trabajo arduo aprendemos que lo importante no es ser, sino parecer.
Parecer como alternativa a ser lo que realmente somos.
Así relegamos aquellos colores que no son valorados al rincón de lo rechazado, a la sombra —esa de la que hablaba Jung—.
No pueden desaparecer porque forman parte de nosotros, pero nos esforzamos en mantenerlos ocultos.
Nuestra importancia personal nos dice que la valoración externa es lo que nos hará felices.
Sobre esa comparación hemos construido nuestra vida.
Las redes sociales, el deporte, el trabajo: todo es competencia, todo es comparación.
No tenemos una valoración personal libre del condicionamiento externo.
Somos —o creemos ser— en función del éxito que conseguimos.
Y ese éxito siempre es comparativo.
¿Y el amor?
Hay algo que, a pesar de toda la importancia personal, no podemos evitar:
en ese camino nos hemos fragmentado.
Hay una parte buena y una parte mala.
Ensalzamos una y escondemos la otra.
Y en ese ejercicio nos disociamos de nosotros mismos, como en esos dibujos infantiles del angelito y el diablito: uno deseable, el otro despreciable.
No sentimos armonía interna.
No estamos en equilibrio.
Esas dos fuerzas no tienen el mismo valor.
Nos vemos buenos o malos según lo que se ve de nosotros, mientras dentro se libra una dicotomía difícil de aceptar… y aún más difícil de sostener.
Necesitamos narcóticos —emocionales, químicos, mentales— para silenciar la voz interna que nos recuerda que, mientras exista esa fragmentación, no podremos amarnos de verdad.
El amor no es partidista.
No es selectivo.
El amor ama lo que hay.
Y eso es difícil de entender, porque a lo que llamamos amor suele ser solo una forma más de importancia personal mercantilizada.
Así como nos valoramos, valoramos a los demás.
Medimos amistades, parejas, trabajos y vidas con una escala invisible de utilidad y prestigio.
Y, sin embargo, todo eso es lo no importante.
Cuando el mundo se cae, cuando perdemos, cuando nos quedamos sin referencias, descubrimos que la vida es ajena a todo eso.
Sigue ahí, te sientas bien o te sientas mal.
No se inmuta ante nuestras valoraciones.
La vida es eso que sucede mientras te empeñas en conquistar tus planes.
Ajena a tu importancia personal, ajena a tus juicios, la vida sigue fluyendo en toda su complejidad, sin ser buena ni mala: simplemente es real.
Y lo real no es invisible.
Se vuelve invisible cuando estamos demasiado ocupados sosteniendo un mundo ficticio hecho de condicionamientos.
Cuando decimos que las cosas más importantes de la vida no son cosas, estamos hablando del amor.
El amor es importante.
Pero vivimos en un mundo donde el amor se trata como una transacción, como un trámite valorativo.
¿Has hecho algo osado por amor?
¿Lo has dejado todo por amor?
¿Has empezado de cero por amor?
¿Has arriesgado tu vida por amor?
Probablemente no.
Porque hacerlo implica rendirse ante algo intangible, quizás efímero, que no puede ser cuantificado, ni valorado, ni poseído.
El amor es como una brisa: cuando sopla, solo puedes abrir los brazos y entregarte.
Dejar lo que estás haciendo.
Soltar la importancia de tu hacer.
Permitir que ese viento te atraviese, te sacuda, te acoja.
Y cuando pase, seguir con tu tarea secundaria.
Lo esencial es que puedas dejarlo todo por amor.
Que te permitas hacer locuras.
Caer.
Permanecer.
Ser atravesado mientras dure.
Hay miles de canciones sobre el amor, pero casi ninguna habla de la salud emocional que trae.
Amar —o amarnos— no es algo que nos pueda enseñar un coach.
No es algo que se aprenda.
Es algo que se recuerda.
El amor propio, en contraposición a la importancia personal, es aquello que tuvimos al nacer:
cuando no éramos capaces de nada,
cuando nuestro valor no dependía del logro,
cuando existir era suficiente para sobrevivir.
Ahí había amor.
Curiosidad.
Ganas de vivir.
El placer simple de saborear lo que existe sin esfuerzo.
El amor es un regalo que no abrimos porque estamos ocupados con otros planes.
Quizás el amor propio es justo eso que hemos relegado a la sombra.
Quizás esa sea la verdadera interpretación de “ser hijos de Dios”.
Quizás, lo más importante de la vida sea eso.
Así que no, no eres una cosa.
¿Es suficiente para ti?

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
ÚNETE A MIS REFLEXIONES SEMANALES.

Newsletter
Suscríbete a mis reflexiones semanales
Creado por Gerard Castelló Duran con © systeme.io