La estela emocional

En la vida no hay mayor fracaso que el fracaso emocional.


Cuando consideramos la emoción como una serie de sentimientos que provocan en nosotros un estado de ánimo, nos olvidamos que ese estado de ánimo ha sido propulsado por un pensamiento.


El pensamiento puede ser tan sutil y tan inconsciente que sea imperceptible para la conciencia. Es por ello que, muchas veces, cuando aparece en nosotros una “emoción”, solemos hablar de la estela de la emoción. Lo que consideramos emoción es la estela que ha dejado un pensamiento proyectivo.


Los pensamientos proyectivos suelen asociar manifestaciones exteriores con recuerdos interiores, así es como creamos una vida repetitiva. La mente trata de buscar asociaciones a sus “creencias” y no al revés. Busca incansablemente la justificación a su necesidad egoica de justificar las acciones del pasado.


A veces ocurre algo, un hecho fortuito que inconscientemente nos proyecta a una vivencia pasada, puede ser un olor, una imagen, una secuencia o simplemente una postura corporal. Es entonces cuando la mente, al creer que la similitud conlleva al mismo hecho, trata de anticiparse y proyecta su vivencia para “recordarte” la experiencia y que no vuelvas a pasar por ella, es entonces cuando creemos haber "aprendido" y reaccionamos proyectando los elementos necesarios para hacerlo "real".


Hablo, claro está, de pensamientos negativos, aunque también los hay positivos, pero en este artículo no nos detendremos en ellos.


Creando esa proyección, la mente ataca primero a los centros más rápidos, que son los que captan con mayor rapidez el mensaje: el cuerpo, las sensaciones y, por supuesto, las emociones que, entendidas como tales, son simplemente sensaciones del cuerpo interno, mucho más cercano al cuerpo esencial, o al yo.


De esta manera, cuando llega a la consciencia que “algo te sucede” ese algo ya lleva mucho camino hecho, por ello ya casi es irrefrenable.


Sólo es posible en esos casos (que son la mayoría) sentarse y observar la estela. Es decir: practicar la observación de uno mismo, ejercer la suficiente voluntad como para separarse del “problema” y ver la consecuencia del mismo. Eso implica trabajar en la no-identificación.


No es posible en estos momentos tratar de liberarse de ese “pensamiento-emocional”, pues se estaría trabajando, no con el verdadero causante sino, con un efecto secundario. Así pues, todo trabajo ejecutado sobre ese objetivo sería estéril. Incluso, cabe la posibilidad de truncar el paso de la estela emocional y enquistarla en algún recoveco mental como una nueva afirmación de la “idea” que ha motivado la reacción.


Entendemos con todo ello que, probablemente, con lo que nos identificamos como eje de nuestra “emoción negativa” no es ni tan siquiera la verdadera motivación, ni el verdadero impulso que ha desprendido la avalancha de rocas hacia el mar de las emociones.


En nosotros no suele haber verdaderas emociones, sólo pensamientos que suscitan reacciones físicas en los diferentes órganos del cuerpo como un “acto reflejo”. Ese acto reflejo puede llevarnos a estados, tanto de bienestar como de malestar, pero para el caso es lo mismo, pues dependemos del diagrama exterior para desarrollar nuestro estado de ánimo interno.


Esto nos lleva a la interesante reflexión de que: si no soy capaz de detectar mi verdadero pensamiento limitador y si tampoco soy capaz de hacer nada por evitar la identificación y si consideramos que nuestro estado de ánimo es un factor fundamental para nuestro desarrollo psicoespiritual y social, nos encontramos en un lugar, a veces indefinido, pero al otro extremo de la libertad humana.


El ser humano, debe aprender a observarse en un constante auto-evaluarse en busca de esos “pensamientos-emocionales” que determinan nuestro modus operandis, es decir, nuestra vida. Se precisa un trabajo de observación y atención para, poco a poco, empezar a reconocer todos esos micro pensamientos que nos proyectan a un estado de repetición constante de un pasado que dejó de existir hace mucho tiempo y que, de forma neurótica, nos empeñamos en reproducir.

©2020 Gerard Castelló Duran

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