La noche oscura del alma

La pesadez de la consciencia nos obliga, a veces, a enormes estados de hundimiento. Eso es bueno, aunque no lo parezca, pues son síntomas de que aún hay un deseo real de encontrarse uno mismo con uno mismo.


No valen sucedáneos baratos como un trabajo que motiva o una pareja que me acurruca. Esas aspirinas ya no son suficientes, ya que quizás ni puedas disponer de ellas. Y eso es interesante porque te lleva a otro estado que, una vez ahí, ya no es llenado por lo que era llenado antes de la inmersión en él. Ahora, formas parte de la ignorancia y la ignorancia es la verdad más sublime. La verdad... no es fácil, la verdad es sencilla. Eres un esclavo de los condicionamientos exteriores, ellos determinan qué estados de ánimo debes tener, por qué ciclos pasar y de qué forma acceder a ellos. Uno puede pensar ante algo así “¿Y no soy yo autónomo en algún momento?”. Hay una gran diferencia entre creerse autónomo y Ser autónomo. La diferencia no viene dada por las sensaciones, emociones y/o pensamientos que nos asaltan a cada momento, sino que viene dada por algo que está por encima (en este caso por debajo) de ti a lo que no tienes acceso y que no puedes ver. Pero está ahí empujando, no para quitarnos el estado de ser libre (eso siempre ha sido una ilusión) sino para recordarnos que debemos trabajar para serlo. Trabajar para ir hacia esa zona desconocida y tratar de aprender de ella, escucharla y dejarle el tiempo para la expresión. Tiempo para la expresión es sinónimo de paciencia. Paciencia y fe.


En esos estados de hundimiento, cuando todo parece no “satisfactorio” es cuando la paciencia, fruto de una constante voluntad, nos llevará a una espera serena. Cuántas veces hemos desistido de encontrarnos a nosotros mismos cuando bajamos a esos estados de oscurecimiento y hemos salido de ellos, bien con la ayuda de nuestros queridos sucedáneos pastilleros (prozac y otras lindeces) o por psicólogos deseosos de “buenas reacciones” y “curas sintomáticas” o por elementos exteriores lo suficientemente fuertes como para “elevarte” y sacarte del estado de recogimiento al que “deseas” pertenecer. Cuántas veces, y a raíz de repetidos fracasos, hemos desestimado la estancia en la oscuridad y hemos seguido de nuevo el camino pautado por pasadas inmersiones. Cuántas veces hemos tenido miedo a lo desconocido en nosotros, un miedo tal que nos obliga a no seguir ahí de ninguna forma y a desear creerse de nuevo las mentiras que no llenan pero que necesitas para volver a tomar esa vida “feliz” o digamos “ocupada” que te mantenía bien distraido y olvidado de ti mismo.


Está claro que, como seres mecánicos, volvemos a ser meros “reaccionadores” de elementos exteriores, puras reacciones y estos casos de “hundimiento” no son distintos, la necesidad de “llenar el vacío” de “iluminar” el entorno en busca de respuestas racionales que nos ayuden a no seguir en ese estado pasivo, supuestamente anodino y falto de vida, nos obliga a deponer las herramientas que deseábamos usar para vernos y a querer seguir mintiéndonos a nosotros mismos sobre lo que somos.


Esta pauta, que te ha sido designada por el entorno como “vida”, la mantiene una hegemonía neurótica con lo que te rodea. Todo “encaja”, si simplemente eres una consecuencia de las acciones de tus padres y sigues fiel a ella, no deberías sentir infelicidad, tampoco felicidad, pero si un estado de “me arrastran las olas” que hace que al final uno simplemente “acepte” la vida y, en lugar de vivirla, trate de sobrevivir a pesar de ella.


Acción-reacción, causa-efecto. Somos lo más parecido a una pelota de ping-pong.


La idea es: ¿Quién empezó el primer golpe? ¿Quién o qué provocó la primera “acción”?.


Y por encima de eso: ¿Qué más da? No es tan importante el “por qué” sino el “qué”. Cuántos de nosotros buscamos el “por qué”, cuando el “qué” aún no está definido. Buscamos y encontramos el “por qué” de un montón de tonterías que nos mantienen bien dormidos y ocupados.


Paciencia y cariño con el “qué”... y aparecerá. Hay que saber esperar por lo que vale la pena esperar. Saber esperar es saber ESTAR.

©2020 Gerard Castelló Duran

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