Tadasana es lo que en Hatha Yoga llamamos la postura de la montaña.
Una postura aparentemente simple.
Pero profundamente interesante.
De hecho, es probablemente lo más parecido que existe a estar quieto de verdad.
De pie.
Las palmas de las manos ligeramente hacia afuera para acomodar los hombros.
Los pies juntos, enraizados en el suelo.
La columna sostenida y vibrante.
La cabeza serena, mirando al frente.
Al horizonte.
Quizás al presente.
Quizás al futuro.
Es una energía masculina de dirección.
Pero si lo quisiéramos nombrar en términos tántricos, la llamaríamos PRESENCIA.
¿Qué es la presencia?
Para responderte, primero haz algo muy simple: adopta la postura.
Elévate sobre tus pies.
Sé una montaña.
Y lo más importante: quédate ahí.
Cuando nos colocamos en una actitud real de presencia física empiezan a suceder cosas:
aparece el equilibrio,
las microtensiones del cuerpo,
la respiración se vuelve más consciente,
la energía parece subir por la columna…
y aparece también algo muy evidente:
la lucha con la mente.
Porque la mente quiere marcharse.
Irse de ahí.
Salir de la presencia.
Ocuparse en algo.
Distraerse.
Escapar de esa pequeña incomodidad que poco a poco empieza a aparecer.
¿Y por qué?
La mente no es nuestra enemiga.
Simplemente no sabe hacerlo de otra manera.
Durante mucho tiempo ha creído que seguimos siendo niños frágiles. Que no podemos sostener ciertas experiencias internas.
No sabe que ahora podemos sostener la ansiedad.
Que podemos hacernos cargo de nosotros mismos.
Que podemos mirar de frente la soledad y la vacuidad de ser quienes somos.
Tal cual.
Sin modificar.
Sin esconder.
Sin demostrar nada.
Solo estar.
Como una montaña.
Con el cuerpo presente.
Ni completamente abierto.
Ni completamente cerrado.
Simplemente ahí.
Y a veces eso es abrumador.
Porque cuando la presencia empieza a profundizar nos lleva a lugares muy hondos que han permanecido invividos durante mucho tiempo.
Pero la presencia también trae otra cualidad muy importante para la evolución interior.
Una cualidad menos conocida.
La DISPONIBILIDAD.
La postura de la palmera
En el Tantra Kaula, Tadasana también puede transformarse en la postura de la palmera.
Desde la montaña levanta los brazos.
Entrelaza los dedos.
Gira las palmas hacia arriba.
Mira al cielo.
Siente cómo las manos quieren salir volando.
Levanta los talones.
Ponte de puntillas.
Estírate hacia arriba todo lo que puedas.
Siente ese estiramiento completo.
Eso es disponibilidad.
La energía femenina.
El cuerpo abierto a lo sutil, a lo ligero, a lo que todavía no ha ocurrido.
Siente cómo la energía recorre el cuerpo.
Siente la vibración.
Abre la boca.
Anhela.
Sueña.
Aspira.
Mira más allá.
Tadasana encierra así una complejidad preciosa:
de las raíces a las hojas,
de la tierra al cielo,
de Shiva a Shakti,
de la presencia a la disponibilidad.
Y curiosamente, mientras la presencia es admirada —tal es el peso cultural de la energía masculina— la disponibilidad es más difícil de habitar.
Porque implica algo que al ego no le gusta demasiado:
dejarse tomar por la vida.
Adaptarse.
Agradecer.
Aceptar.
... Desear.
La presencia trae conciencia.
La disponibilidad trae movimiento.
Y todo movimiento despierta emoción.
Por eso sostener la postura de la palmera suele ser más difícil que sostener la montaña.
La emoción es energía en movimiento.
Shiva y Shakti
En Tadasana se ve claramente cómo lo masculino y lo femenino se entrelazan en una danza necesaria.
El tantra lo expresa con una frase muy clara:
Shiva sin Shakti es un cadáver.
Shakti sin Shiva es caos.
La conciencia necesita energía.
La energía necesita dirección.
Una práctica de Tantra Kriya Yoga
Te propongo ahora una práctica intensa.
Ve a la postura de la montaña.
Desde ahí respira por la boca seis veces de forma intensa, como un fuelle.
A la séptima inhalación toma todo el aire que puedas.
En ese momento pasa a la postura de la palmera.
Retén el aire.
Y ahora tensa todo tu cuerpo.
Las manos.
Los pies.
La mandíbula.
El abdomen.
Haz que todo tu cuerpo sea una gran contracción.
De la montaña relajada
a la palmera en tensión.
Mantente ahí todo lo que puedas.
Y después vuelve a la montaña exhalando profundamente.
Vacía los pulmones por completo.
Toda esa tensión moviliza muchas sustancias en el cuerpo que ahora liberas con la exhalación.
Hazlo.
Observa.
Hay practicantes que se marean.
Otros se tambalean.
Algunos incluso acaban en el suelo.
Es normal.
Es una práctica potente de tantra kriya yoga.
Si puedes quedarte de pie, siente.
Si caes al suelo, siente.
Todo está bien.
Todo lo que es real, está bien.
Y a veces, en ese momento, aparece algo inesperado.
Algo que está detrás de la presencia
y detrás de la disponibilidad.
Detrás del yo soy.
Una sensación extraña y hermosa:
la nada más deliciosa,
la soledad más integrada,
la vacuidad más saciante.
Y una emoción muy genuina:
el simple regocijo de existir.
A veces asusta.
No estamos acostumbrados a ese dejarse ser.
Puede aparecer miedo.
Puede aparecer resistencia.
Está bien.
Cuando la energía Shiva y la energía Shakti danzan, se genera un torbellino de autenticidad.
De la presencia y la disponibilidad emerge algo difícil de explicar con palabras:
la conciencia del todo.
Más allá.
¿Demasiado fantasioso?
Quizás.
Entonces no lo creas.
Pruébalo.
Con todo tu ser.
Con toda tu energía.
Y luego me cuentas.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
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