El otro día estaba dando una charla por internet y me vino una pregunta a la cabeza:
¿Qué tiene que ver la agresividad con el sexo?
Así que voy a hablar de algo que quizá molestará a unos cuantos.
¿El sexo es —o debería ser— agresivo?
En el magnífico libro Ternura y agresividad, Juanjo Albert lo explica con mucha claridad. Al principio de la vida, cuando somos bebés, todos somos ternura. Hay una ternura intrínseca en el ser humano: es nuestra esencia profunda, la capacidad de ser tiernos. ¿Por qué? Porque en esas primeras edades es el recurso más eficiente que tenemos.
Nos sentimos vulnerables, necesitados, débiles y dependientes, y por eso desarrollamos la capacidad de despertar amor compasivo en quienes nos cuidan. Nuestros padres nos aman y nos proveen, en parte por amor y también, a veces, por responsabilidad o culpa. Cuando nace un bebé, los padres sienten el peso de algo extremadamente frágil puesto a su cargo.
Ahí aparece la conciencia de la vulnerabilidad humana. Ese ser depende de nosotros para todo. Los niños son, en cierto modo, pequeñas máquinas diseñadas para ponerse en peligro constantemente, y eso lo sabemos: la vida es profundamente frágil.
Entonces aparece la ternura.
Ese ser pequeño, puro y débil despierta en nosotros una respuesta protectora. Y el niño, a su vez, devuelve ternura: con su piel rosada, sus ojos abiertos, sus sonidos torpes, sus gestos ingenuos. Es una danza silenciosa de dependencia y cuidado.
Mi maestro decía sobre esto algo muy interesante: “El poder de la sumisión”.
Cuánto poder puede ejercer un infante desde su fragilidad. Sin poder hacer nada por sí mismo, dependiente y vulnerable, es capaz —a través de su ternura— de desarmar incluso al más duro de los corazones.
¿Te suena esta historia?
La encontramos una y otra vez en los mitos y en el cine:
Quasimodo y Esmeralda (El jorobado de Notre Dame)
El monstruo de Frankenstein y la niña (Frankenstein)
El Gigante de Hierro y Hogarth
La Bestia y Bella
Baymax y Hiro (Big Hero 6)
Historias donde lo tierno domestica lo salvaje.
Podríamos decir que hablan de una polaridad muy humana: esa parte que podríamos llamar femenina, capaz de despertar ternura, que suaviza y civiliza lo animal, lo fuerte, lo impulsivo.
La ternura abre el camino en la vida. Es una de nuestras mayores fortalezas… y también una de nuestras mayores vulnerabilidades.
Por eso, con el tiempo, muchos terminamos escondiéndola. La consideramos débil, frágil, peligrosa. Y entonces construimos una armadura protectora: la agresividad.
La agresividad es, en gran parte, una construcción defensiva. Es la forma en que protegemos ese núcleo sensible. Si la ternura es un sí, la agresividad es un no.
Son los límites.
Las red flags.
Las normas.
Las decisiones que requieren objetividad en lugar de emoción.
Es, de algún modo, la introyección protectora de nuestros progenitores: creamos dentro de nosotros una figura que protege y separa para mantenernos a salvo.
A veces, demasiado a salvo.
Si la seguridad que recibimos fue excesiva, aparece el miedo a explorar. Si fue demasiado laxa, aparece la desprotección. Y entre esos extremos se despliega un abanico infinito de maneras de relacionarnos con esa paradoja que llevamos dentro:
mitad hijos de dios, mitad hijos de puta.
Ahí está la verdadera pregunta:
¿Cómo conviven esos dos antagonistas dentro de nosotros?
Y entonces volvemos al sexo.
¿Por qué decimos a veces que el sexo tiene algo de agresivo?
Porque el sexo es algo que deseamos profundamente… y al mismo tiempo nos asusta.
El deseo nos empuja fuera de la zona de confort. Nos invita a entrar en territorio desconocido. Y frente a lo desconocido, el ser humano muchas veces prefiere lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Nos quedamos en relaciones seguras pero pobres. En vínculos que no nos conmueven demasiado. En historias donde el corazón no corre peligro.
Porque así tampoco se rompe.
Lidiar con la ternura y la agresividad en el sexo significa reconocer que nuestro sistema defensivo se activa precisamente cuando algo nos importa mucho.
Por eso, muchas veces, el primer contacto con alguien que realmente nos interesa aparece en forma de tensión, confrontación o rechazo.
Curiosamente, a veces nos resulta más fácil involucrarnos con alguien que no nos mueve demasiado que con alguien que nos sacude por dentro.
Porque así mantenemos la ternura a salvo.
Defendida.
Sin embargo, esa agresividad inicial —esa fuerza que atraviesa el miedo, que entra en lo desconocido, que se expone al riesgo de salir herido— es también la que abre el camino hacia la ternura.
Primero el explorador.
Después el hogar.
Cuando hablo de agresividad no hablo de violencia. Hablo de intensidad, de pasión, de deseo vivo.
Ese deseo siempre apunta hacia territorio nuevo.
Y cuando, después de ese viaje, aparece la ternura, entonces hablamos de casa.
Ahí comienza lo verdaderamente íntimo.
Ahí aparece el verdadero trabajo personal.
Porque la relación más importante no es la que tenemos con el otro.
Es la que ocurre dentro de nosotros.
Entre nuestra ternura y nuestra agresividad.
Entre la parte que quiere conservar su identidad intacta… y la parte que desea ser arrasada por algo más profundo que la transforme.
La respuesta, como casi siempre en la vida, es ambigua.
Compleja.
Dependerá de ti.
De tu relación con tu mano izquierda y tu mano derecha.
Con tu femenino y tu masculino.
Pero hay algo que conviene recordar:
el primero que cruza la frontera es el agresivo.
Sin ese impulso, el deseo no avanzaría. El sexo quedaría bloqueado en una especie de compasión tibia y eterna.
Por eso quizá la invitación sea simple:
Atrévete a sentir la pasión.
Despierta ese impulso vital.
Permite que la intensidad atraviese tus defensas.
Y deja que, después de ese incendio, aparezca lo más delicado que tenemos.
La ternura.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...
Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...
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