Veinticinco años buscando la Verdad (y lo que encontré no era lo que esperaba)

Hace unos veinticinco años estaba desolado.

La vida no me funcionaba. No conseguía sentirme vinculado a nada, no lograba experimentar pertenencia porque tenía serias dudas sobre mi identidad. Estaba perdido en una inmensidad de conceptos, ideas y sugerencias que prometían distintas formas de abordar la realidad.

Era sobrecogedor. Cuanto más conocía, más me convencía de que la verdad no existía. Y cada nuevo viaje interior terminaba dejándome más desanimado, más extraviado. Todo el mundo hablándome de su verdad. Recorrí sectas, ciencias y ashrams. Atendí a maestros con devoción, buscando en ellos la confirmación de que la vida tenía un sentido. Y tras cada impulso llegaba, inevitablemente, una enorme desilusión.
Ahí tampoco era.

Me pasé años rastreando la “Matrix”, buscando algo que escapara de tanta subjetividad. Algo que me ayudara a entender el micromundo y el macromundo. Algo que no fuera una opinión adornada.

Recuerdo una formación en Valencia con Antonio Pacheco, en una escuela de Tantra. Yo venía entusiasmado de prácticas corporales, respiratorias, energéticas. Sentía mucho… pero entendía poco. Y apareció él, con una sonrisa afable, hablándonos de un plan que estaba elaborando —lo que después sería TCI—. Nos habló del cuerpo desde una perspectiva rigurosa, nos dio estructura, pensamiento, cabeza. Le puso palabras a lo que nosotros solo experimentábamos. Fue revelador: había una forma de comprender lo que sucedía cuando sucedía.

Hice buenas migas con Pacheco. Fue el primero en hablarme del eneagrama, del tipo 8, de Guillermo Borja, del SAT. El SAT de entonces no era complaciente: era demoledor. Claudio Naranjo, con sonrisa amable y mano firme, dirigía un trabajo de confrontación directa con el ego. Yo deseaba que cada encuentro terminara y, al mismo tiempo, no quería perderme ninguno. Era un proceso de acoso y derribo de las máscaras.

En uno de esos encuentros le pregunté a Pacheco por “la verdad”.
Me respondió:
—Gurdjieff conocía la verdad.

¿Quién es usted, señor Gurdjieff?

Me advirtió que no era una enseñanza para todo el mundo. Que Ouspensky la había recogido, que Ichazo la refinó, que Naranjo bebió de esa fuente para su trabajo con el eneagrama. Había un origen. Y yo quería ir ahí.

No me bastaba con comprender mi neurosis. Quería tocar las capas profundas. Quería conocer el origen de las cosas. Quería experimentar algo que no dependiera del humor del día. Quería saber.

Me adentré en la búsqueda de Gurdjieff y encontré el Cuarto Camino.
Buscaba ortodoxia, profundidad, raíz. Y lo que encontré fue una escuela completamente distinta a todo lo que conocía: un grupo ecléctico al que me costó años acceder. Reuniones extenuantes donde la cabeza era comprimida, el cuerpo llevado al límite y todo lo que creías saber debía ser licuado y enterrado.

Barcelona, México, Italia, Turquía, la Polinesia. Movimientos de Gurdjieff. Años de encuentros. Horas de no entender nada. Libros complejos, relatos fascinantes. Y lo que yo llamé el cambio más profundo de mi vida.

El Cuarto Camino es fascinante y disruptivo. Cuando descubres que figuras como E.J. Gold, Alejandro Jodorowsky, Peter Brook, Katherine Mansfield, Maurice Nicoll, Claudio Naranjo u Óscar Ichazo bebieron de este conocimiento, comprendes que no estás ante una moda espiritual.

Pero más allá de los nombres, el Cuarto Camino ha sido siempre discreto.
No es un club de celebridades. Es un trabajo contra la mecanicidad.

Y quizá ahí reside su fuerza: no te invita a identificarte con una figura pública, sino a observarte cuando reaccionas, cuando te justificas, cuando duermes despierto.

En este camino, la verdadera “fama” no es ser conocido.
Es dejar de ser automático.

Es un Trabajo. Y de todos los trabajos en los que he participado, es el más productivo. Llevo veinticinco años en él y sigue sin defraudarme. Es tan complejo como sencillo puede ser algo que apunta a una gran verdad —esa verdad que tanto empeño ponemos en alcanzar sin comprender que no se conquista, se encarna.

El desenlace no es una iluminación romántica. Es demoledor.
Y, a la vez, una bocanada de aire fresco.

Para mi significó encontrarme cara a cara con el verdadero Amor propio. Me sigo perdiendo de él, cuando me pierdo vuelvo a él. Como un faro que espera mi vuelta a casa, no con reproche sino con dignidad.

Desde 2018 —respetando la discreción que este camino requiere— he dedicado parte de mi esfuerzo a guiar grupos de trabajo y estudio sobre el Cuarto Camino. Interrumpí esta labor en 2024. Y este año vuelvo a abrir convocatoria.

Este mensaje es para ti si sientes que hay algo más allá de TikTok, de las frases fáciles y de las terapias domesticadas.
Si intuyes que despertar no es acumular información, sino desmontar automatismos.

Puedes escribirme directamente y compartir tu inquietud. Preguntarme por fechas, temática, periodicidad.
Quizá sea tu momento.
Quizá no.

Pero si la pregunta ya se ha despertado en ti, eso —créeme— no es casualidad.

HOLA!, Soy el idiota que escribe esto...

Y quizás sea interesante o tal vez no, no lo sé; Ser o no ser... ese es el verdadero dilema. Este es un espacio para soltarme, un lugar donde dejo fluir mis ideas más disparatadas, donde me entrego a la procrastinación del cuerpo y al impulso mental de vomitar públicamente, para exorcizarme y, quién sabe, quizá también para exorcizar a otros. Ser humano es más complejo de lo que parece, porque hay que saber cuándo soltarse y cuándo atarse. ¿Cuándo cada cosa? Ahí radica la verdadera cuestión. A ojo de buen cubero, diría que ese es el dilema: cuándo ser mitad hijo de Dios y cuándo mitad hijo de puta...

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